Todos hemos tenido un gato, o al menos, eso es lo que creemos. Escondido en algún lugar de la memoria, pensamos que un gato siempre será la más grata compañía; pues para compañía, nadie mejor que un gato.
A nuestro lado, en el regazo, un poco distante, pero siempre alerta, un gato nos acompaña. En la oscuridad estruja su cuerpo de felpa junto al nuestro o maúlla quedito para poner en claro su presencia.
Fantasma de instantes repetidos, continuo interrogante de ausencias, escurridizo amante de caricias eléctricas, criatura quasi inmortal y mítica; el gato, satisfecho de sí mismo, tiene el descaro de gruñirle a sus rivales que con creces lo superan en tamaño o bostezar sin reparo frente a su dueño.
Si decides escrutar los designios que ocultan los ojos de un gato, obtendrás la certeza de que a través de sus diamantes cristalinos, la negrura de pupilas traerá de vuelta el reflejo de tus propias conjeturas.
Recuerdo un tiempo en que un gato habitaba mi pasado. Cercano a mi infancia, exploraba los rincones de mi inconsciente alejando la melancolía, y evitado que los ratones del infortunio carcomieran mi cordura.
Hoy sigo buscando a mi gato. Creo saber que en el escondrijo más borroso de mi pensamiento: se estira, bosteza, se esconde. Entonces, abrirá sus ojos color miel para delatar su permanencia.
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Jorge Luis González. Guadalajara, 1972. Cuenta con dos maestrías en Ciencias de la Información por la Universidad de Guadalajara y el ITESO. Compilador y editor de Entre tintas… tinto (ocho poemarios). Ex becario del Centro Estatal para la Cultura y las Artes por su libro Entre espejos, cae mi voz (Grafisma, 2020). “Escribo porque en cada nuevo drama imaginario, ya sea que esté contado, escrito o tan solo tejido en la memoria; se bifurca o se suspende, eso que llamamos realidad.” El texto publicado está incluido en Entre tintas… tinto VIII, Antología sobre gatos (Libro de autor, 2021).
Cuando mi madre me decía eso, yo hubiera querido responderle: “lo sé, debajo de mi cama hay nada”. Pero no era exactamente nada. Yo sabía que, debajo de la cama, se encontraba algo semejante a un hueco, una oscuridad profunda, una negación de todo y de cualquier realidad. Pero no tenía, siendo un niño, las palabras para expresar ese miedo profundo, esa conciencia que me negaba la posibilidad de dormir.
Pasaron los años, me volví adulto (al menos en mi apariencia física), conocí a una muchacha de mi edad y nos casamos. El matrimonio comenzó muy bien, amor profundo y toda la cosa, pero en unos pocos años nos gastamos todo el romance y terminamos descubriendo el hastío de vivir uno frente al otro. Finalmente aceptamos que ninguno de los dos podía ya aceptar la mutua presencia y optamos por un divorcio más o menos amigable.
Volver a dormir solo, redescubrir la intimidad, fue al principio agradable. Pero poco a poco comenzó a resurgir el miedo de la infancia, la conciencia de esa oscuridad hueca esperando debajo de la cama todas las noches. Una negación que parecía estar aguardando pacientemente y se iba haciendo más amplia y más vasta a medida que pasaba el tiempo.
Pero, por supuesto, yo ya no era un niño y no podía seguir cultivando temores infantiles. Por lo cual decidí comprobar por mí mismo el absurdo de mis miedos y un día miré bajo la cama.
Ahora estoy allí, formando parte de la oscuridad y la ausencia. De vez en cuando siento la presencia de alguien, un ser humano que se acuesta encima de mi cama, de ese lecho bajo el cual yo aguardo. Y sonrío, sabiendo que, tarde o temprano, ese ser vendrá hacia mí.
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Arnulfo Eduardo Velasco. Nació en Guadalajara, en 1956. Ensayista, narrador y poeta. Es doctor en Estudios Románicos por la Universidad de Montpellier (Francia). Profesor-investigador jubilado de la Universidad de Guadalajara. Maestro actualmente en la SOGEM-Escuela de Escritores y en el CAAV-Universidad de Medios Audiovisuales. Presidente actual del Centro PEN Guadalajara.
Cuento bucólico que nos hace entender una serie de supersticiones y cultura equivocada de la gente campesina envuelta en los mitos de sus creencias ancestrales.
María Eugenia Torres Sarmiento PEN ECUADOR
Cuenta la historia, allá por los años 1900, de un hecho macabro y tenebroso que causaba espanto en la Hacienda de las Juntas, ubicada en la parroquia de San Pablo de Guarainag, cuyo nombre proviene del quechua “Guarai” y “Nag” que se interpreta como “primeros y recios pobladores de esta tierra”, una de las más antiguas del Cantón Paute, Provincia del Azuay, lugar tan tétrico en el que, en las noches y los amaneceres por su ubicación geográfica cerca de la cordillera, azotan vientos huracanados con sonidos sobrenaturales que hacen tiritar al más valiente de los mortales.
Los años se han llevado la prosperidad, pero el poder de las familias se mantiene todavía. También habitan los descendientes de los hacendados y los vendedores de papas, cebada, maíz, caña de azúcar y la -cascarilla- de donde extraían la quinina para los laboratorios farmacéuticos que le dieron tanto apogeo económico a la región en aquella época.
Pueblo habitado de gente descendiente de españoles que migraron hacia aquel lugar a inicios del siglo XX en busca de tierras para el cultivo agrario: Los Polos, Abades, Regalados, Quevedos, Larrea, Novillos, Trelles y otras familias que vivieron en ese lugar.
Cuenta “mamá Polo”, como la decían a Doña Josefa Polo Regalado, distinguida dama de la localidad, que en las noches, sobre todo de fiestas familiares, se reunían niños, jóvenes y adultos para las diferentes celebraciones. Pero entre chiste y chiste aparecían siempre, sobre todo las bellas damas, con un alarido espantoso, ¡según ellas eran las sombras que asechaban a las más bellas, a las rubias y coloradas! … Uyyyy, qué pánico el que se creaba.
Ilustración de María Eugenia Torres Sarmiento
Domitila, joven dotada de encantos mágicos, con su cabellera rubia y rizada como las rocas graníticas de la cordillera, sus ojos profundos e insinuantes como la aureola del capulí, sus labios rojos como los geranios en flor, su silueta perfilada como las colinas adyacentes que causaban admiración en la enardecida juventud, fue también escogida por aquella sombra maléfica que no tenía forma, y que según Domitila la percibió tras el umbral florido de su morada.
En sus solitarias calles solo se oye el zumbido aterrador del viento gélido, que raudo e inarmónico pasa y va dejando frío y terror en el lugar. En la noche hay un silencio absoluto, y de vez en cuando enardecido por el aullido estremecedor de los perros. Pueblo lúgubre, que no conocía el firmamento azul.
Pero Domitila, la niña rubia engreída de virtudes, no conocía el miedo, el temor, vivía amparada de un ser “sobrenatural”, su padre difunto. Y entonces inició su tarea: utilizó adornos naturales, hoy lo diríamos ecológicos, para preparar el árbol navideño y el nacimiento del Niño Jesús, -así lo hizo- adornó el nacimiento con bombillos hechos de las granadillas secas unidas con engrudo hecho en casa. Entre estos adornos colgó una bota de lana de oveja como símbolo de Papá Noel.
Al terminar el trabajo, mientras Domitila y su madre dormían profundamente, oyeron un sonido macabro justo donde estaban ubicados los arreglos navideños, el estruendo agitó a toda la familia, quienes se levantaron asustados a investigar que pasaba, ¡pero nada nuevo o anormal encontraron! No pasaron segundos, cuando nuevamente Domitila y su familia escucharon un ruido similar al de la primera vez y nuevamente bajaron a investigar, pero qué sorpresa, en esta vez, se encontraron con una bota grande, muy grande, tenía cuatro metros de largo, -era Proterva-, es decir maldita, -maldición que fue ejecutada por una bruja llamada Constantina-, muy temida por el pueblo, porque una vez había asesinado a una persona que le hizo enojar ¡de un solo frotar de manos!
Constantina tenía un odio irracional hacia Papá Noel, y esta bota pertenecía a él. Ese mismo día ella la hechizó diciendo: ¡BOTA PROTERVA! tú cobrarás vida todas las noches de navidad, para que “el que te tenga en su casa tenga mucho miedo y jamás vuelva a festejar la navidad”.
Y así sucedió, en la noche de Navidad en la casa de Domitila, se divisaba una luz misteriosa del color de la muerte, azulada y tenue, que avanzaba lentamente. Esa luz llena de maldiciones venía desde la BOTA PROTERVA, pero nada de ello le sorprendía a Domitila, la rubia de ojos destellantes tenía un ángel protector, se dice que nació con una estrella en su frente -lo decían los vecinos del pueblo-.
Era hora de acabar con ese hechizo, la bondad debía triunfar sobre la maldad, sin embargo no era fácil atrapar a la bota, tenía una energía especial que nadie podía sujetarla, cada vez que alguien se acercaba daba brincos de protesta, se enfurecía, nadie sabe que había en su interior, sólo hasta cuando Domitila la abrió y logró divisar una gigantesca serpiente con una lengua kilométrica que emanaba veneno, e injuria.
Pero llegó el gran día… el esperado suceso, Domitila logró atraparla, y sin piedad la echó fuera de la casa y ella emanó en vez de maldiciones, perdón a aquellos que habían hecho daño durante muchas etapas de la vida.
Las palabras mágicas de la rubia incandescente provocaron quemaduras en la Bota, por lo que poco a poco invisiblemente fue desapareciendo. De inmediato el cielo se iluminó, el crepúsculo sombrío se volvió multicolor, trinaron las aves, los campos eran verdes y todos los que habitaban en el pueblo salieron de sus casas tarareando un son de melodías y villancicos.
El pueblo volvió a la calma, los ladrones desaparecieron, los campos estaban llenos de flores, de árboles, de aves, y la cascarilla se multiplicaba sin cesar. Ahora, las violetas y las azucenas no eran tétricas, eran del tono de los ojos azules de Domitila.
“Recuerden siempre, en la historia de los hombres han existido hombres buenos y hombres malos. Seres humanos fruto de la maldad y seres humanos fruto de la bondad”.
¡Feliz Navidad!
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María Eugenia Torres Sarmiento. Comunicadora Social. Gestora Cultural. Máster en Formación Especializada del Profesorado, UNED, España. Máster en Gerencia de Innovaciones Educativas, UTEQ-Ecuador. Miembro del Centro PEN Internacional Ecuador. Miembro del Colectivo Cultural “Cuchara de Palo”. Candidata a PHD en Comunicación Social por la Universidad de la Habana-Cuba. Autora de ensayos y textos investigativos.
¡Qué olorosa brisa en los guayabales! “S s s sss s”. Su falda ondulaba la cabellera del maizal. En el campo, sereno y hundido, a lo lejos, prados y ríos apacibles lavaban los juncos inclinados sobre sus raíces verdes. ¡Qué olorosa brisa en los guayabales!
Eva Luz Rivera Hance
Una cigarra en su montecito de tierra… Una cigarra lloraba apenada el paso del verano que, como toda estación, tenía solo tres meses para disfrutarse. La cigarra Selena, al parecer, no tenía a quién contar su problema. Aunque linda sí era, ni esposo tenía. Tantos años bajo tierra sin mirar los caminos que conducen a su nueva casa en el árbol, ¿cómo conseguir un buen consorte?
—Buen verano, ¿se le ofrece algo? — preguntó al pasar por allí una larguirucha hormiga de campo. —Nunca había visto la cigarra tanta vanidad en un solo energúmeno ser —. ¡Qué encogida y oscura estás! —flip-flip—movió sus alas chiquitas la hormiga—. ¿De dónde eres? ¡Luces tan extraña y embarrada…!
—¿Extraña? Pue e de e ser. La vida es difícil para las cigarras. Vivía en una cueva hasta que un día, se me murió el amor de papá y de mamá entre el barro que se llevó la lluvia. Entonces quise conocer el mundo exterior, los graciosos guayabales, el río azul y los altos robles mirando al mar.
_¡Qué interesante! ¿Cómo pudiste hacerlo?
—Recuerdo que fueron las hiedras. Resbalaba, resbalaba en el barro hasta que me asomé al mundo con ayuda de esas hiedras que cuelgan melancólicas.
Semanas después, llegó el otoño. En el campo las hojas viajan como barquitos verde limón. Las nubes engordan sus barrigas y el picaflor chilla —“ju-ju-ju” — de puro resfrío.
—Esto se pone color de hormiga brava— comenzó Selena a chirriar—“chis chi chis chiss”—sabiendo que tenía poco alimento. Sonrió perpleja, pues faltaban nueces, mosquitos, huevitos de mariposa… ¡Horror! De lo guardado, faltaba lo necesario para el próximo invierno, pero la pobre no quería problemas con sus vecinos, como le enseñó mamá.
Soñaba. Soñaba árboles lozanos y altos hasta los cielos y decidió ir a descubrirlos. Entonces las hormigas se colaron ocultas y comieron todo cuanto quedaba en la cueva a donde casi nunca Selena Perpleja, como también la llamaban, regresaría.
Tristona vivía pues para muchos en el Campo Hundido solo era una gran haragana. Según las hormigas solo cantaba por cantar; no guardaba el alimento para el invierno y pretendía que ellas la alimentaran. Al parecer a cierta gente maluca le gusta repetir viejas y falsas fábulas de viejos caminos.
Sobre el terraplén o montecito de tierra donde pasaba las horas, recogía con esfuerzo hojas, ciruelas, alitas de abejas… Sus vecinas, por supuesto, sabían que andaba rastrillo en mano, “saltito a salto”, batiendo alas, pero no les importaba pan con queso o pastelón. Rondan mirando todo lo que Selena Perpleja guarda para hibernar.
—¿Por qué te haces la más hacendosa, Selena? —le preguntó la hormiga Clemencia un día en el terraplén—. Y chillas que chillas, bates que bates…
—El invierno siempre regresa. No solo alboroto como crees.
—¡Seguro! No solo cantas. No solo chirrías. ¡Claro que haces lo máximo! ¿Por qué te llaman haragana, pues?
—¡No! ¡Mientes! Ustedes toman de mis provisiones porque son unas hambrientas. Las observo cuando no puedo dormir. Cargan con todo —sh sh, sh— con astucia.
—¿Cómo te atreves, descarada ciga r r i ta a?
—Es tu familia quien hurta. Eres la jefecita. U u m m, al frente va la reina. Tú las diriges. ¡Quién lo hereda no lo hurta!
—¡Recorcholeta! Acá entre nos, somos un “Super Army”. A veces nos faltan ciruelas, raíces, nueces, troncos secos… Por favor, no lo digas a nadie porque tenemos fama de muy trabajadoras e inteligentes.
—¡Qué pena, Clemencia! Yo viví largos años bajo tierra, muda, como una ninfa o pequeño gusano, ¡Ooh! Un día, papá y mamá se hundieron en el barro, perdieron sus doce patas embarradas y, ¡huyy!, murieron. Solo soñaba disfrutar la mañana que me presta la luz del fogoso y deslumbrante sol. Ganar amigos. ¡Entonces me animaría a lograr todos los chirridos del mundo!
—¡Ah! Inmadura. ¡Dormiste largo y tendido! ¡Tanto tiempo sin moverte bajo tierra! ¡Sonitonta! ¡Me pareces una chiriboba o a lo mejor lo eres!
—¿Sí í í? ¡Esto es el colmo! No esperaba escuchar esas palabras. Entonces, ¿soy solo una palangana para recoger hojas, chillar, robar sus alimentos? ¡OH, NO NOO! “Chas- Chas- Chas”. Solo deseo echarme a llorar por las patas, pero no lo haré. Las necesito fuertes para subir al árbol amigo. ¡A lo dicho, pecho!
Desconcertada, Clemencia bajó la cabeza y murmuró: —Oye, Perpleja, sabes todo, ¿lo contarás al campo? Mira, mejor calladita. Eso que dices es verdad. Trabajas demasiado… ¡Ah, ven, te ayudaré!
—Mejor, solita. Habla a tus hermanas. Es muy importante decir verdades, corregir nuestros errores—dijo la cigarra mientras trajinaba—. Ni robar lo ajeno, ni mentiritas por alcanzar un capullo de flor que te alimente.
La hormiga sacudió su redonda cabeza. —Pues sí que eres buena amiga, cariño—dijo llorosa—. Se me hace que tu fama de haragana cambiará por el ancho, peligroso mundo. Me encargaré de pasarlo por todas las redes cibernéticas de Campo Hundido. Prométeme que nunca desaparecerás en el barro mojado.
Pero Selena nada contestó. Guardar silencio era mejor que mil chasquidos de alas.
La cigarra, insecto con cuerpo ancho, grandes ojos y alas transparentes. Lo de perpleja obedece a que no sabe qué hacer, pensar o decir.
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Eva Luz Rivera Hance. Canóvanas, Puerto Rico. Educadora, trabajadora social, escritora, gestora cultural. Graduada de la UPR Recinto de Río Piedras. Ha publicado diez libros que cubren los géneros de literatura infantil y juvenil, poesía, cuentos, ensayos, memorias. Su obra ha sido publicada en revistas, libros, antologías, y ha sido premiada en certámenes literarios. Fundadora-presidenta del Grupo Cultural La Ceiba, Inc. Es vocal de la junta de directores de PEN de Puerto Rico Internacional.
Un hombre está sentado sobre una chancleta de cerveza vacía y destartalada. Mirándolo bien, se parece mucho a un pordiosero cualquiera. Rodeado de junkies y la podredumbre del vicio llevado al extremo, donde duele el poco orgullo que queda, permanece estático intentando descifrar sus recuerdos desde las danzantes luces del fuego despedido por el desaliñado tanque de metal oxidado.
Y entonces, en un resentido suspiro, vuelve a su mente el recuerdo de su grandeza extinta, cuando creyó que viajar en el tiempo era una habilidad que lo convertiría en el héroe más grande de la historia. Mientras el frío viento que sopla a través de los vidrios rotos de la locación en donde medita, golpea una y otra vez su inmutable cara, recuerda la larga travesía que selló su destino en un parpadeo planetario imperceptible:
Descendió, con apenas veinte años, en la baja Mesopotamia, allá por los 3500 a.c., convenientemente al período de Uruk. Los sumerios no se llamaban así ni lo sabrían. Se encargó de ayudarles a idear la rueda y luego sentó las bases de lo que sería su escritura. Estudió muy bien la lengua sumeria por casi tres años y se quedó en la Erec bíblica poco menos de cinco. Después, sintió que ya había aportado mucho a la humanidad en ese periodo y dio un salto temporal hacia Argos, en 669 a.c. La batalla de Hisias estaba en pleno desarrollo y, como un buen viajero del futuro, se decidió ayudar a que el conflicto terminara pronto. Según su criterio, aunque los soldados espartanos parecían ser más rudos que los de Argos, la única manera de frenar la guerra era dándoles ventaja a estos últimos. Les enseñó cómo utilizar los Aspis para contrarrestar la brutal fuerza de la vanguardia espartana. Sus rivales no tuvieron nada que hacer. Los acompañó por casi un año, hasta que terminó el conflicto.
Sintiéndose poderoso, saltó adelante en el tiempo, hacia la Edad Media, intervendría en la batalla decisiva entre visigodos y francos, en Voullé. Era el 507 d.c. y, galopando en un ostentoso caballo, decidió ayudar a los ostrogodos a sacudir al ejército franco que, triunfador, buscaba la cabeza de los visigodos restantes. Las fuerzas ostrogodas alejaron a sus hermanos visigodos lo suficiente como para emprender una huida exitosa hacia la Hispania; aun llorosos y con la imagen fresca de la sangre de Alarico II en la imponente armadura de Clodoveo I, con la plomada del destino inclinándose de su lado.
Una vez estuvieron a salvo, quisieron hacer al viajero el nuevo monarca, oferta que rechazó al no saber cuánto tiempo más se quedaría. Aun así, enseñó y aprendió de ellos por al menos nueve años más. Establecidos en Hispania, los visigodos aprovecharon el vacío de poder, fruto de la caída del Imperio Romano de Occidente.
Después de este tiempo, fue a por un capricho personal: conocer a quien siempre quiso, incluso antes de saber la habilidad tan maravillosa que poseía.
En el renacimiento italiano encontró a un joven inventor con quien siempre quiso charlar, en un ingenioso taller que retaba a la imaginación en 1477. Da Vinci era mucho más simpático que lo que decían los libros y sobre todo, mostraba una gran apertura respecto a enseñar y aprender. Estuvo con él por once años, convirtiéndose en grandes amigos. Como Leonardo ya tenía dos alumnos, el viajero aceptó ser tratado, más bien, como un colega de trabajo. Aprendieron mucho uno del otro. Del futuro, Leonardo aprendió que podía ocupar su tiempo en inventos más útiles, como máquinas voladoras o pinturas más realistas, en lugar de preocuparse por el movimiento perpetuo. A cambio, enseñó a su futurista amigo otras percepciones de la realidad. Cuando se despidieron, el hombre sin retorno le dijo a Leonardo que su legado sería grande y que, al llegar a su propia época, espera haber marcado la diferencia también.
Hizo el viaje que planificó, la línea de eventos y personajes que había calculado. Valoró los numerosos lazos personales que hilvanó en cada época y que paulatinamente abandonaría para no perder de vista el ambicioso plan.
Ya en casa, no obstante, solo encontró dolor en las noticias del internet y en programas de televisión nacional. La decadencia conceptual y la poca visión compasiva que motivaron su viaje, seguían ahí. Estudió durante años los periodos a los que acudió y eso era lo que lo ponía tan mal. Al parecer, aunque tengas el poder más inexplicable e indescifrable del mundo, junto con una preparación abundante; el vertiginoso e insaciable torrente temporal parece tener mejores motivos para ramificarse, que el minúsculo intento de un viajero temporal. La gente mala seguirá manteniendo su postura como la gente muerta seguirá estándolo. El destino es imparable.
Lo más duro para el cansado y decepcionado viajero fue el asimilarse como la insignificante partícula que era en el gigantesco océano temporal, aun con su habilidad.
Como joven soñador, creyó que la humanidad cambiaría para mejor si pudiera modificar y crear conceptos mentales en la gente que inició ciertos procesos de pensamiento. Ahora, envejecido y harto, sabe que no importa cuántos lugares y momentos visitó. Podrían romperle el corazón miles de veces más, aumentar las amistades invaluables que añoraría hasta la muerte y, en el planeta, nada cambiaría. No en las cosas que importan de verdad.
Los habitantes de este mundo somos capaces de cosas impresionantes, pero si de algo no lo somos, en definitiva, es de escaparnos de nuestra propia naturaleza entrópica. No podemos dejar de ser nuestro propio exterminio.
La raza humana extinguida por su entropía natural, o por ignorancia absoluta de ello. La ignorancia no es un defecto, pero sí que puede ser un motivo de desastre. Así es como lo ve ahora ese hombre que está sentado sobre una chancleta de cerveza vacía y destartalada, en un hediondo almacén abandonado. Mirándolo bien, se parece mucho a un pordiosero cualquiera.
Y si lo ves de cerca, no es más que eso.
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Juan Fernando Bermeo P. Cuenca (1989). Escritor, guionista, músico, comediante y locutor radial. Es Máster en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universitat de Barcelona y Licenciado en Lengua, Literatura y Lenguajes Audiovisuales por la Universidad de Cuenca. Es miembro fundador del Club PEN Ecuador, así como del sello editorial BajoElVolcán Ediciones. Ha publicado los poemarios “Metrópolis: Cementerio de Espadas” (La Caída, 2018) y “Papelebría” (Voz-K-cha Editorial, 2020). Aparece en la Antología del nuevo cuento ecuatoriano “Despertar de la Hydra” (La Caída, 2017) y es parte de la antología artística “Wiwasapa” (2017), proyecto de beneficencia para los afectados del terremoto de Manabí, junto con poetas latinoamericanos y españoles. Actualmente se encuentra preparando la publicación de su primer libro de cuentos en solitario.
Gilberto Navarro Camacho. Nació el 21 de agosto de 1958 en Abasolo, Guanajuato, México. Es Coordinador Municipal de Tertulias Literarias de Abasolo en la Red Estatal de Tertulias Literarias de Guanajuato “José Luis Calderón Vela.” Ha participado en antologías de los estados de Hidalgo, Veracruz, Puebla, Zacatecas, Baja California Norte y Guanajuato. Ha editado nueve poemarios de manera independiente, así como su libro de cuentos y relatos denominado “Al canto del gallo”. El poema publicado está incluido en la colección “Las Plumas Poéticas del Cisne Negro”.
Bertis y Paulita estudiaban en la misma escuela, pero en diferentes grupos, fue en el taller de cocina donde se conocieron e hicieron muy amigas. Los platos que preparaban juntas les salían exquisitos, pues aplicaban los secretos de sus Mamás y sus Abuelas.
Juan Manuel Ramos y Solares PEN ECUADOR
Para la fiesta del Día del Niño la profesora les dio la tarea de preparar un Postre Sorpresa, para que comieran todos los alumnos y los invitados que asistieran.
Unos días antes de la fiesta, las amigas se pusieron de acuerdo para preparar el postre.
– ¿Qué te parece, Paulita, si vienes a dormir este fin de semana a mi casa para cocinar?, dijo Bertis.
– Sí, sí, y yo llevo el Cuaderno de Recetas y la Varita Mágica que mi Abuela tiene bien guardados en un baúl bajo 7 llaves, arriba en el altillo de mi casa, respondió Paulita.
– ¡¡Qué buena idea!!, dijo sonriente Bertis.
Esa misma noche las 2 Cocineritas se pusieron el delantal y buscando en el viejo cuaderno encontraron una receta increíble.
TARTALETA MÁGICA
DE ESTRELLAS
Ingredientes nocturnos
2 estrellas enanas
2 estrellas fugaces
2 tazas de luz de luna
Ingredientes diurnos
1 litro de rocío del amanecer
1 litro de leche de vaca contenta
1 litro de miel de colibrí
Preparación
Combinando tus ideas y tu valor, con amor siempre debes cocinar.
2. Poco a poco y con cariño los ingredientes debes mezclar.
3. Calienta con el sol, amasa con cuidado y no te vayas a quemar.
4. Y para terminar, tres toques con la varita mágica en la olla haz de dar.
– Está muy difícil esta receta, dijo Paulita.
– Mejor vamos a buscar otra más fácil, respondió Bertis.
¡¡CRASH, CRASH!!
¡¡FIUU, FIUU!!
La conversación entre las niñas se interrumpió cuando violentamente se abrió la ventana de la cocina y entró una ráfaga de viento helado. Asustadas y temblando de frío, ante sus ojos, más allá de la ventana, apareció el oscuro e inmenso universo con sus millones de estrellas luminosas.
¡¡Amor, Ideas y Valor!!
Estas son las palabras clave, exclamaron alegres las Cocineritas.
Y así fue que, al comprender el mensaje secreto de la receta, dejaron una olla de cobre toda la noche reposando al filo de la ventana. Las estrellas y la luz de luna poco a poco iban descendiendo del cielo y llenando la olla.
A la mañana siguiente muy temprano, montadas en sus bicicletas, fueron a buscar los ingredientes diurnos. Recolectaron el rocío que cubría los llanos, recorrieron los establos pidiendo un poco de leche a las vacas contentas que amamantaban a sus becerritos, y caminaron por la ribera de los ríos para encontrarse con los colibrís, que veloces volaron a ofrecerles su miel.
Una vez reunidos los ingredientes diurnos y nocturnos y siguiendo la receta al pie de la letra, trabajaron en la preparación muchas horas más, hasta que por fin la masa les quedó muy suave y consistente. Cuando dieron los 3 toques con la varita mágica en la olla, la Tartaleta se esponjó y creció, creció y creció hasta un metro de altura.
Las Cocineritas nunca se imaginaron los misteriosos y extraños poderes que encerraba la Tartaleta, y menos, lo que les iba pasar a los golosos que la comerían.
El Día del Niño, Bertis y Paulita, cansadas de tanto cocinar, pero muy satisfechas, llegaron a la escuela cargando el gran Postre Sorpresa que les había pedido la profesora. La Tartaleta estaba bellamente decorada, cubierta con un betún color azul eléctrico, una luna blanca en el centro y muchas estrellas amarillas a su alrededor. Los olores que desprendía eran tan deliciosos y sutiles que inundaron el patio, los jardines y los salones de la escuela.
Apenas las Cocineritas pusieron la Tartaleta en la mesa, todos los profesores, los niños, las mascotas, los papás y los abuelos corrieron a recibir su porción y a comérsela vorazmente. Repetían, repetían y repetían, y mientras más comían la Tartaleta no se acababa.
JA, JA, JA… JA, JA, JA
JI, JI, JI …JI, JI, JI
JA, JA, JA… JA, JA, JA
JI, JI, JI… JI, JI, JI
Todos rieron felices durante 3 horas sin parar.
¡¡ KRAAAK-BOUUUM !!
Se escuchó un poderoso trueno y la luz cegadora de un relámpago iluminó la Tartaleta. Sorprendidos los asistentes observaron cómo las estrellas bailaban deslizándose sobre el betún de chocolate azul, dando vueltas en torno a la luna y entonando alegremente esta canción:
Que bailen los profes…que bailen.
Que bailen los niños…que bailen.
Que bailen las mascotas…que bailen.
Que bailen los papás… que bailen.
Que bailen los abuelos …que bailen.
Al atardecer, cuando los mágicos efectos de la Tartaleta desaparecieron, cansados de tanto comer y bailar, todos volvieron a sus casas; mientras, Bertis y Paulita se quedaron en el taller de cocina, viéndose a los ojos y preguntándose:
– Y ahora… ¿qué hacemos con esta Tartaleta gigante e interminable?
¡¡Amor, Ideas y Valor!! -gritaron entusiasmadas las palabras clave.
“Vamos a repartir la Tartaleta en secreto a los cumpleañeros que más la necesitan, pero antes tenemos que reducirla para poderla transportar”, dijeron contentas. Dieron los 3 toques a la Tartaleta con la varita mágica y esta se fue desinflando hasta hacerse pequeña.
Así, las dos niñas cubiertas con una sábana blanca disfrazadas de fantasmas, todas las noches dejaban una Tartaleta en la puerta de los asilos de ancianos, los hospitales y los orfelinatos.
Desde ese entonces los viejitos, los enfermos y los niños huérfanos esperan jubilosos en el día de su cumpleaños la llegada de las Cocineritas Fantasmas: para comer, reír y bailar con la Tartaleta Mágica de Estrellas.
Y colorín colorado este cuento se ha terminado.
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Juan Manuel Ramos y Solares. Nació en México. Reside en Cuenca, Ecuador, desde 1989. Es director y editor de la Revista “Vanguardia Aérea” del Sindicato Nacional de Técnicos y Trabajadores de Aeronaves de México. Es productor y conductor de programas radiales y televisivos. Ha publicado varios libros, entre ellos las novelas: “La pocha mocha”, “Oink-Oink”, “Nicolasa la cocinera” y “La juramentación del arracadas”, el poemario “Calaveras literarias-versos fúnebres a diversos personajes” y cuentos para niños “Los gitanos y la osita pelucona” y El piloto de cometas”, entre otros.
No tengo un horario fijo, lo mismo salgo a trabajar cuando sale el sol que cuando la luna está en pleno apogeo. Nunca me he quejado por eso, así es mi trabajo, pero, maldita sea, hoy quería dormir a pata suelta, y justo cuando estoy lista para dejarme ir en los brazos de Morfeo, suena el maldito celular. En momentos como este, me arrepiento de haberme dedicado a esto. ¿Tenía que ser ahora?, ¿justo ahora?
_ Diga… _ ¿Santiago? _ Lo que queda de ella. _ Tiene un caso. _ ¿Dónde? _ Autopista 52, Puente de Cayey, un sujeto como de cincuenta años, lleva una hora amenazando con lanzarse.
_ Ay, no, ¿tan lejos…? _ Hola, hola, no la escucho bien. _ Ajá…sí, aquí estoy. _ ¿Qué le digo al jefe? _ Que se lance con él. _ ¿Queeeé? _ No, no, quiero decir, este… salgo para allá ahora mismo, deje que despierte. _ Bien, la esperamos.
La esperamos, la esperamos, no necesito amabilidad en momentos en que odio a la humanidad. Estos pantalones ya no me cierran, debo bajarle dos a las hamburguesas y dedicarme a la bicicleta. Ahí está mi rostro en el espejo, un ojo abierto y otro cerrado. Suspiro y lo sigo. Manejo por instinto, aunque voy preparándome mentalmente para lo que puedo encontrar. Ya sé, el tipo descubrió a su mujer en la cama con su mejor amigo, lo típico. Me dirá que mejor se tira de un puente que enfrentar la vergüenza social. Entonces le haré algunas preguntas para identificar si padece algún trastorno mental, mido el espacio del que dispongo, etcétera, etcétera. No sé ni para qué lo repaso. He hecho esto tantas veces que…
_ ¡Qué bueno que llegó, me parece que a este sí lo perdemos!” -me dice el oficial a cargo sin siquiera decirme buenos días.
Miré su rostro con ganas de abofetearlo y recordé que un café no vendría mal. No soporto que me hablen cuando aún no he tomado un sorbo de ese elíxir resucitador. Por una de esas casualidades de la vida, el muy preparado oficial trae un termo en el que, oportunamente, queda una taza. Sí, ya sé, en el adiestramiento nos enseñan que debemos tener todos los sentidos puestos en lo que hacemos, nada en las manos, pero necesito este trago para activar mis neuronas. Después de dos sorbos, camino hasta él. Está de espaldas a mí, pero ha dirigido su vista por encima del hombro derecho sin volver la cabeza; sabe que estoy aquí. Guardo distancia e inicio el protocolo.
_ Hola, amigo. ¿Podemos hablar? _ Solo hablo de temas que me importan. _ ¿Desea compartir alguno de esos temas conmigo? _ ¿Cómo sé que lo conoce? _ Bueno, no tengo que ser una experta, podría aprender con usted. _ Buena respuesta, entonces le gusta aprender. _ Claro. _ Pues hablemos de Poesía. _ Ok, creo que en este tema soy tábula rasa; entonces, soy toda oídos. _ Ella era mi vida. _ ¿Sí?, ¿cómo se llamaba? _ Ya le dije, Poesía. _ Ah, ok, ok, eh… es que pensé que me hablaba de una mujer. _ Es una mujer.
_ Eh… entonces su mujer se llamaba Poesía. Guao, qué nombre tan romántico le pusieron. ¿La amaba?
Espero, y mientras lo hago me fijo en los detalles. ¿Tiene en su chaqueta algún ribete por donde sostenerlo?, ¿a qué distancia están sus pies de la orilla?, ¿qué lleva en la mano?
_ Se me acabaron las palabras. _ ¿Qué? _ Que se me acabaron las palabras. Ocurrió hace tres semanas. Lo último que recuerdo es que escribía un poema para ella. En aquel momento fluían a borbotones, chorreaban por el teclado, se reproducían voraginalmente. Trataba de elegir las que fueran precisas, pero eran tantas, y sentía que ninguna me servía. Estaba desesperado… entonces… _ Tranquilo, respire profundo, eso lo ayudará. _ ¡Entonces las maldije!, ¡las maldije una y mil veces!, porque no servían para nada, porque eran unas inútiles que no sabían describir a Poesía. Ópalo, ópalo no era la palabra que necesitaba, pero ella insistía en saltar en la pantalla. La borré una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… hasta que desapareció, ella y todas las demás… ¿Ahora me entiende? _ Si se relaja un poco es posible que regresen. _ ¿Ve que no me entiende? ¡No volverán! _ ¿Por qué está tan seguro? _ Poesía me dijo que no volverán, tampoco ella. _ ¿Pero ella también se enojó? _ No está enojada, es solo que no puede existir si no tengo palabras.
No puedo creer esto. ¿No podía ser un ataque de cuernos, problemas económicos, desempleo, frustración profesional o alguna otra cosa? Busco remedios para aconsejarlo y me doy cuenta de que a mí también se me acabaron las palabras porque no encuentro qué decirle. Ninguno de los discursos ensayados me serviría, porque de todos los que he construido y ensayado, ninguno tuvo que ver con algo así. El tiempo corre y sigo sin saber qué decir. Acaba de voltearse para mirarme de frente. Miro su rostro sintiendo su dolorosa ausencia. A dónde se habrán ido las malditas, es la pregunta, pero quizás ya no sea necesario responder. Acaba de saltar. Allá va su cuerpo. Ojalá las encuentre.
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Judith Morales Pérez. Guayama, Puerto Rico. Es profesora universitaria, escritora, poeta y compositora. Ha publicado el poemario «Donde habiten los ángeles» y la novela «Lo que pasó después de Lady».
El público escucha. Alguien tose. Otro, filas atrás, lo remeda. Se le nota al director su incapacidad para dejar de sudar. Quiere al pañuelo, ese animal momentáneo inventado por las damiselas medioevales, pegado, absorbiendo en su frente, en la nuca, los desechos de la tempestad musical. Debe sufrir alguna enfermedad de la piel; el ego se nutre de vanidades melódicas y empalidece a su víctima. El sudor es grueso. Huele a petróleo de duendes. Su mujer lo ve, está acostumbrada a su aroma, lo capta, lo rememora a la distancia. Por eso detesta la música clásica, porque para ella tiene el olor del agotamiento. Prefiere un foxtrot, un vallenato, una cumbia villera. El director realiza una especie de pirueta y unos pocos desatentos aplauden ante el reproche de los demás. Verlo así causa la impresión de que el director es un individuo proclive al crimen. Está exhaustamente excitado. Para él, bajo las luces, todo el mundo parece enfermo y se considera a sí mismo el único curandero del lugar. Algún asistente escucha con los ojos cerrados, fingiendo que se concentra y que de tanto fingir logra una concentración ideal. La música lo sacia. Es un entendido, aunque jamás sabrá de quién es esa pieza mágica en la que la flauta derrota a los demás instrumentos. El director ordena a los violines cesar. Suenan solo el viento y las percusiones. El hombre de los ojos cerrados capta una ausencia. Algo debe mejorarse. Titila una luz temeraria en la araña del teatro. Sin meditarlo, silba. El sonido se complementa. Alguien vuelve a toser por esos erizos en el corazón a los que trata de carraspear y su acompañante le sugiere, con gesto de mudos, que salga por un momento y se refresque. El director no se enfada con el silbido. Es más, lo espera en la siguiente cadencia. El hombre lo vuelve a exhalar mientras en su cabeza resuena el hachazo del verdugo que con la madera caída va tallando la humillación en su cara por la certeza de la traición de su mujer. El silbido encaja perfectamente y la gente lo sabe. Ha habido una gesta heroica. El director no descubre quién es el culpable pero sí entiende, en cambio, que su vida ha tomado sentido, que se ha compuesto lo perfecto, que puede retirarse en serenidad y que su mujer tendrá que soportar el divorcio tan temido y jamás cumplido porque está a punto de llorar pecados que nunca ha cometido. La melodía supera todo, no importa si la audiencia no escucha o si habla. El hombre ha silbado tres veces más. Suena a melancolía antojadiza, altiva, refinada, la que toda dama de lindos labios rojizos entona a solas. Una melancolía simple, extraída de muchos objetos, algo involuntaria, construida por el conglomerado contemplativo de los viajes de un hombre que hace lo posible por demorar su arribo a la meta. Hay una sospecha que ronda por el aire comprimido de la ópera de que la batuta del director, dándonos a entender lo animal salvaje que es, lo cadencia, y él espera que se acabe la pieza para revirarse emocionado, confundido. Busca en el patio de butacas pero la ovación lo distrae. La vanidad lo engaña haciéndole suponer que ha sido un sonido en su cabeza, que a partir de esta noche lo desvelará en intento por acomodar las partituras ajenas. La venia le oprime el vientre y le obliga a exhalar el último aliento de ese momento. Ahí se fue toda la melodía, pero queda en todos los oídos el punzante poso de su persistencia. Todos fingen no haber escuchado, y lo hacen bien, pues la melodía, como la poesía, es más verdadera en tanto es más fingida. El hombre no lo entiende, se ha espabilado e incluso bosteza y uno que otro lo mira, sonreído, enamorados, y como enamorados van imitando, rumbo a las puertas donde brilla la salida, un placer real. Él saluda por cortesía, que le es devuelta. Algunos se preguntan si con honestidad no habrá sido ese el momento por el cual vinieron al mundo, no lo responden porque la belleza apareada con la honestidad es tener miel para meterle al azúcar. Nadie, salvo el director y alguno de sus músicos, nervios de punta, tambaleantes como si hubieran tenido que incorporarse de inmediato luego de luchar en el lecho con una mujer voraz e irrigar toda la simiente, sabe lo que han logrado, algo irrepetible, puro arte, se han quedado sin palabras, ni siquiera una para arrojarle a un perro molestoso y ladrador. Poco a poco se irán componiendo gracias a ese hábil reconstructor de nombre Silencio. En la noche, ese tejido de delicias, el hombre de los silbidos le hará el amor a su mujer como lo hace una vez por semana, un poco apático, convenciéndose hasta caer rendido que es la frente de un hombre casado más honorable que la sobreceja baldía de un soltero, y soñará que se lava las manos y que jamás quedan limpias y será despierto por el camión de la basura que golpeará estruendosamente un poste eléctrico. Ese sonido, que lo arrullará, que le dará la sombra que necesita para suspirar, le parecerá majestuoso e irrepetible.
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Carlos Vásconez. Cuenca, Ecuador, 1977. Narrador y ensayista. Ha publicado 15 libros hasta la fecha, entre cuento y novela, y ha participado en varias publicaciones compartidas, entre ellas, algunas antologías. Es presidente de PEN Ecuador.
Graciela Scarlatto. Nació en Mendoza, Argentina, en 1963. Ha cursado estudios de Filosofía en la Universidad Nacional de Cuyo y en la UBA, en Buenos Aires, donde vive actualmente desde el 2000. Dirigió en Mendoza el espacio de arte Artaud y trabajó como creativo publicitario. Ha publicado este año 2021 los siguientes libros: en Ediciones del Dock «Clepsidras en la lluvia» (que contiene el poema publicado) y «Vaselina» en Ediciones Simurg, ambos en Bs. As.