Musicalidad

A los silencios de Gabriel Fauré

Carlos Vásconez,
PEN ECUADOR

El público escucha. Alguien tose. Otro, filas atrás, lo remeda. Se le nota al director su incapacidad para dejar de sudar. Quiere al pañuelo, ese animal momentáneo inventado por las damiselas medioevales, pegado, absorbiendo en su frente, en la nuca, los desechos de la tempestad musical. Debe sufrir alguna enfermedad de la piel; el ego se nutre de vanidades melódicas y empalidece a su víctima. El sudor es grueso. Huele a petróleo de duendes. Su mujer lo ve, está acostumbrada a su aroma, lo capta, lo rememora a la distancia. Por eso detesta la música clásica, porque para ella tiene el olor del agotamiento. Prefiere un foxtrot, un vallenato, una cumbia villera. El director realiza una especie de pirueta y unos pocos desatentos aplauden ante el reproche de los demás. Verlo así causa la impresión de que el director es un individuo proclive al crimen. Está exhaustamente excitado. Para él, bajo las luces, todo el mundo parece enfermo y se considera a sí mismo el único curandero del lugar. Algún asistente escucha con los ojos cerrados, fingiendo que se concentra y que de tanto fingir logra una concentración ideal. La música lo sacia. Es un entendido, aunque jamás sabrá de quién es esa pieza mágica en la que la flauta derrota a los demás instrumentos. El director ordena a los violines cesar. Suenan solo el viento y las percusiones. El hombre de los ojos cerrados capta una ausencia. Algo debe mejorarse. Titila una luz temeraria en la araña del teatro. Sin meditarlo, silba. El sonido se complementa. Alguien vuelve a toser por esos erizos en el corazón a los que trata de carraspear y su acompañante le sugiere, con gesto de mudos, que salga por un momento y se refresque. El director no se enfada con el silbido. Es más, lo espera en la siguiente cadencia. El hombre lo vuelve a exhalar mientras en su cabeza resuena el hachazo del verdugo que con la madera caída va tallando la humillación en su cara por la certeza de la traición de su mujer. El silbido encaja perfectamente y la gente lo sabe. Ha habido una gesta heroica. El director no descubre quién es el culpable pero sí entiende, en cambio, que su vida ha tomado sentido, que se ha compuesto lo perfecto, que puede retirarse en serenidad y que su mujer tendrá que soportar el divorcio tan temido y jamás cumplido porque está a punto de llorar pecados que nunca ha cometido. La melodía supera todo, no importa si la audiencia no escucha o si habla. El hombre ha silbado tres veces más. Suena a melancolía antojadiza, altiva, refinada, la que toda dama de lindos labios rojizos entona a solas. Una melancolía simple, extraída de muchos objetos, algo involuntaria, construida por el conglomerado contemplativo de los viajes de un hombre que hace lo posible por demorar su arribo a la meta. Hay una sospecha que ronda por el aire comprimido de la ópera de que la batuta del director, dándonos a entender lo animal salvaje que es, lo cadencia, y él espera que se acabe la pieza para revirarse emocionado, confundido. Busca en el patio de butacas pero la ovación lo distrae. La vanidad lo engaña haciéndole suponer que ha sido un sonido en su cabeza, que a partir de esta noche lo desvelará en intento por acomodar las partituras ajenas. La venia le oprime el vientre y le obliga a exhalar el último aliento de ese momento. Ahí se fue toda la melodía, pero queda en todos los oídos el punzante poso de su persistencia. Todos fingen no haber escuchado, y lo hacen bien, pues la melodía, como la poesía, es más verdadera en tanto es más fingida. El hombre no lo entiende, se ha espabilado e incluso bosteza y uno que otro lo mira, sonreído, enamorados, y como enamorados van imitando, rumbo a las puertas donde brilla la salida, un placer real. Él saluda por cortesía, que le es devuelta. Algunos se preguntan si con honestidad no habrá sido ese el momento por el cual vinieron al mundo, no lo responden porque la belleza apareada con la honestidad es tener miel para meterle al azúcar. Nadie, salvo el director y alguno de sus músicos, nervios de punta, tambaleantes como si hubieran tenido que incorporarse de inmediato luego de luchar en el lecho con una mujer voraz e irrigar toda la simiente, sabe lo que han logrado, algo irrepetible, puro arte, se han quedado sin palabras, ni siquiera una para arrojarle a un perro molestoso y ladrador. Poco a poco se irán componiendo gracias a ese hábil reconstructor de nombre Silencio. En la noche, ese tejido de delicias, el hombre de los silbidos le hará el amor a su mujer como lo hace una vez por semana, un poco apático, convenciéndose hasta caer rendido que es la frente de un hombre casado más honorable que la sobreceja baldía de un soltero, y soñará que se lava las manos y que jamás quedan limpias y será despierto por el camión de la basura que golpeará estruendosamente un poste eléctrico. Ese sonido, que lo arrullará, que le dará la sombra que necesita para suspirar, le parecerá majestuoso e irrepetible.

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Carlos Vásconez. Cuenca, Ecuador, 1977. Narrador y ensayista. Ha publicado 15 libros hasta la fecha, entre cuento y novela, y ha participado en varias publicaciones compartidas, entre ellas, algunas antologías. Es presidente de PEN Ecuador.

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