Exiguo

Juan Fernando Bermeo P.
PEN ECUADOR

Un hombre está sentado sobre una chancleta de cerveza vacía y destartalada. Mirándolo bien, se parece mucho a un pordiosero cualquiera. Rodeado de junkies y la podredumbre del vicio llevado al extremo, donde duele el poco orgullo que queda, permanece estático intentando descifrar sus recuerdos desde las danzantes luces del fuego despedido por el desaliñado tanque de metal oxidado.

Y entonces, en un resentido suspiro, vuelve a su mente el recuerdo de su grandeza extinta, cuando creyó que viajar en el tiempo era una habilidad que lo convertiría en el héroe más grande de la historia. Mientras el frío viento que sopla a través de los vidrios rotos de la locación en donde medita, golpea una y otra vez su inmutable cara, recuerda la larga travesía que selló su destino en un parpadeo planetario imperceptible:

Descendió, con apenas veinte años, en la baja Mesopotamia, allá por los 3500 a.c., convenientemente al período de Uruk. Los sumerios no se llamaban así ni lo sabrían. Se encargó de ayudarles a idear la rueda y luego sentó las bases de lo que sería su escritura. Estudió muy bien la lengua sumeria por casi tres años y se quedó en la Erec bíblica poco menos de cinco. Después, sintió que ya había aportado mucho a la humanidad en ese periodo y dio un salto temporal hacia Argos, en 669 a.c. La batalla de Hisias estaba en pleno desarrollo y, como un buen viajero del futuro, se decidió ayudar a que el conflicto terminara pronto. Según su criterio, aunque los soldados espartanos parecían ser más rudos que los de Argos, la única manera de frenar la guerra era dándoles ventaja a estos últimos. Les enseñó cómo utilizar los Aspis para contrarrestar la brutal fuerza de la vanguardia espartana. Sus rivales no tuvieron nada que hacer. Los acompañó por casi un año, hasta que terminó el conflicto.

Sintiéndose poderoso, saltó adelante en el tiempo, hacia la Edad Media, intervendría en la batalla decisiva entre visigodos y francos, en Voullé. Era el 507 d.c. y, galopando en un ostentoso caballo, decidió ayudar a los ostrogodos a sacudir al ejército franco que, triunfador, buscaba la cabeza de los visigodos restantes. Las fuerzas ostrogodas alejaron a sus hermanos visigodos lo suficiente como para emprender una huida exitosa hacia la Hispania; aun llorosos y con la imagen fresca de la sangre de Alarico II en la imponente armadura de Clodoveo I, con la plomada del destino inclinándose de su lado.

Una vez estuvieron a salvo, quisieron hacer al viajero el nuevo monarca, oferta que rechazó al no saber cuánto tiempo más se quedaría. Aun así, enseñó y aprendió de ellos por al menos nueve años más. Establecidos en Hispania, los visigodos aprovecharon el vacío de poder, fruto de la caída del Imperio Romano de Occidente.

Después de este tiempo, fue a por un capricho personal: conocer a quien siempre quiso, incluso antes de saber la habilidad tan maravillosa que poseía.

En el renacimiento italiano encontró a un joven inventor con quien siempre quiso charlar, en un ingenioso taller que retaba a la imaginación en 1477. Da Vinci era mucho más simpático que lo que decían los libros y sobre todo, mostraba una gran apertura respecto a enseñar y aprender. Estuvo con él por once años, convirtiéndose en grandes amigos. Como Leonardo ya tenía dos alumnos, el viajero aceptó ser tratado, más bien, como un colega de trabajo. Aprendieron mucho uno del otro. Del futuro, Leonardo aprendió que podía ocupar su tiempo en inventos más útiles, como máquinas voladoras o pinturas más realistas, en lugar de preocuparse por el movimiento perpetuo. A cambio, enseñó a su futurista amigo otras percepciones de la realidad. Cuando se despidieron, el hombre sin retorno le dijo a Leonardo que su legado sería grande y que, al llegar a su propia época, espera haber marcado la diferencia también.

Hizo el viaje que planificó, la línea de eventos y personajes que había calculado. Valoró los numerosos lazos personales que hilvanó en cada época y que paulatinamente abandonaría para no perder de vista el ambicioso plan.

Ya en casa, no obstante, solo encontró dolor en las noticias del internet y en programas de televisión nacional. La decadencia conceptual y la poca visión compasiva que motivaron su viaje, seguían ahí. Estudió durante años los periodos a los que acudió y eso era lo que lo ponía tan mal. Al parecer, aunque tengas el poder más inexplicable e indescifrable del mundo, junto con una preparación abundante; el vertiginoso e insaciable torrente temporal parece tener mejores motivos para ramificarse, que el minúsculo intento de un viajero temporal. La gente mala seguirá manteniendo su postura como la gente muerta seguirá estándolo. El destino es imparable.

Lo más duro para el cansado y decepcionado viajero fue el asimilarse como la insignificante partícula que era en el gigantesco océano temporal, aun con su habilidad.

Como joven soñador, creyó que la humanidad cambiaría para mejor si pudiera modificar y crear conceptos mentales en la gente que inició ciertos procesos de pensamiento. Ahora, envejecido y harto, sabe que no importa cuántos lugares y momentos visitó. Podrían romperle el corazón miles de veces más, aumentar las amistades invaluables que añoraría hasta la muerte y, en el planeta, nada cambiaría. No en las cosas que importan de verdad.

Los habitantes de este mundo somos capaces de cosas impresionantes, pero si de algo no lo somos, en definitiva, es de escaparnos de nuestra propia naturaleza entrópica. No podemos dejar de ser nuestro propio exterminio.

La raza humana extinguida por su entropía natural, o por ignorancia absoluta de ello. La ignorancia no es un defecto, pero sí que puede ser un motivo de desastre. Así es como lo ve ahora ese hombre que está sentado sobre una chancleta de cerveza vacía y destartalada, en un hediondo almacén abandonado. Mirándolo bien, se parece mucho a un pordiosero cualquiera.

Y si lo ves de cerca, no es más que eso.

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Juan Fernando Bermeo P. Cuenca (1989). Escritor, guionista, músico, comediante y locutor radial. Es Máster en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universitat de Barcelona y Licenciado en Lengua, Literatura y Lenguajes Audiovisuales por la Universidad de Cuenca. Es miembro fundador del Club PEN Ecuador, así como del sello editorial BajoElVolcán Ediciones. Ha publicado los poemarios “Metrópolis: Cementerio de Espadas” (La Caída, 2018) y “Papelebría” (Voz-K-cha Editorial, 2020). Aparece en la Antología del nuevo cuento ecuatoriano “Despertar de la Hydra” (La Caída, 2017) y es parte de la antología artística “Wiwasapa” (2017), proyecto de beneficencia para los afectados del terremoto de Manabí, junto con poetas latinoamericanos y españoles. Actualmente se encuentra preparando la publicación de su primer libro de cuentos en solitario.

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