Sin palabras

No tengo un horario fijo, lo mismo salgo a trabajar cuando sale el sol que cuando la luna está en pleno apogeo. Nunca me he quejado por eso, así es mi trabajo, pero, maldita sea, hoy quería dormir a pata suelta, y justo cuando estoy lista para dejarme ir en los brazos de Morfeo, suena el maldito celular. En momentos como este, me arrepiento de haberme dedicado a esto. ¿Tenía que ser ahora?, ¿justo ahora?

_ Diga…
_ ¿Santiago?
_ Lo que queda de ella.
_ Tiene un caso.
_ ¿Dónde?
_ Autopista 52, Puente de Cayey, un sujeto como de cincuenta años, lleva una hora amenazando con lanzarse.

_ Ay, no, ¿tan lejos…?
_ Hola, hola, no la escucho bien.
_ Ajá…sí, aquí estoy.
_ ¿Qué le digo al jefe?
_ Que se lance con él.
_ ¿Queeeé?
_ No, no, quiero decir, este… salgo para allá ahora mismo, deje que despierte.
_ Bien, la esperamos.

La esperamos, la esperamos, no necesito amabilidad en momentos en que odio a la humanidad. Estos pantalones ya no me cierran, debo bajarle dos a las hamburguesas y dedicarme a la bicicleta. Ahí está mi rostro en el espejo, un ojo abierto y otro cerrado. Suspiro y lo sigo. Manejo por instinto, aunque voy preparándome mentalmente para lo que puedo encontrar. Ya sé, el tipo descubrió a su mujer en la cama con su mejor amigo, lo típico. Me dirá que mejor se tira de un puente que enfrentar la vergüenza social. Entonces le haré algunas preguntas para identificar si padece algún trastorno mental, mido el espacio del que dispongo, etcétera, etcétera. No sé ni para qué lo repaso. He hecho esto tantas veces que…

_ ¡Qué bueno que llegó, me parece que a este sí lo perdemos!” -me dice el oficial a cargo sin siquiera decirme buenos días.

Miré su rostro con ganas de abofetearlo y recordé que un café no vendría mal. No soporto que me hablen cuando aún no he tomado un sorbo de ese elíxir resucitador. Por una de esas casualidades de la vida, el muy preparado oficial trae un termo en el que, oportunamente, queda una taza. Sí, ya sé, en el adiestramiento nos enseñan que debemos tener todos los sentidos puestos en lo que hacemos, nada en las manos, pero necesito este trago para activar mis neuronas. Después de dos sorbos, camino hasta él. Está de espaldas a mí, pero ha dirigido su vista por encima del hombro derecho sin volver la cabeza; sabe que estoy aquí.  Guardo distancia e inicio el protocolo.

_ Hola, amigo. ¿Podemos hablar?
_ Solo hablo de temas que me importan.
_ ¿Desea compartir alguno de esos temas conmigo?
_ ¿Cómo sé que lo conoce?
_ Bueno, no tengo que ser una experta, podría aprender con usted.
_ Buena respuesta, entonces le gusta aprender.
_ Claro.
_ Pues hablemos de Poesía.
_ Ok, creo que en este tema soy tábula rasa; entonces, soy toda oídos.
_ Ella era mi vida.
_ ¿Sí?, ¿cómo se llamaba?
_ Ya le dije, Poesía.
_ Ah, ok, ok, eh… es que pensé que me hablaba de una mujer.
_ Es una mujer.

_ Eh… entonces su mujer se llamaba Poesía. Guao, qué nombre tan romántico le pusieron. ¿La amaba?

Espero, y mientras lo hago me fijo en los detalles. ¿Tiene en su chaqueta algún ribete por donde sostenerlo?, ¿a qué distancia están sus pies de la orilla?, ¿qué lleva en la mano?

_ Se me acabaron las palabras.
_ ¿Qué?
_ Que se me acabaron las palabras. Ocurrió hace tres semanas. Lo último que recuerdo es que escribía un poema para ella. En aquel momento fluían a borbotones, chorreaban por  el teclado, se reproducían voraginalmente. Trataba de elegir las que fueran precisas, pero eran tantas, y sentía que ninguna me servía. Estaba desesperado… entonces…
_ Tranquilo, respire profundo, eso lo ayudará.
_ ¡Entonces las maldije!, ¡las maldije una y mil veces!, porque no servían para nada, porque  eran unas inútiles que no sabían describir a Poesía.  Ópalo, ópalo no era la palabra que necesitaba, pero ella insistía en saltar en la pantalla. La borré una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… hasta que desapareció, ella y todas las demás… ¿Ahora me entiende?
_ Si se relaja un poco es posible que regresen.
_ ¿Ve que no me entiende? ¡No volverán!
_ ¿Por qué está tan seguro?
_ Poesía me dijo que no volverán, tampoco ella.
_ ¿Pero ella también se enojó?
_ No está enojada, es solo que no puede existir si no tengo palabras.

No puedo creer esto. ¿No podía ser un ataque de cuernos, problemas económicos, desempleo, frustración profesional o alguna otra cosa? Busco remedios para aconsejarlo y me doy cuenta de que a mí también se me acabaron las palabras porque no encuentro qué decirle. Ninguno de los discursos ensayados me serviría, porque de todos los que he construido y ensayado, ninguno tuvo que ver con algo así. El tiempo corre y sigo sin saber qué decir. Acaba de voltearse para mirarme de frente. Miro su rostro sintiendo su dolorosa ausencia. A dónde se habrán ido las malditas, es la pregunta, pero quizás ya no sea necesario responder. Acaba de saltar. Allá va su cuerpo. Ojalá las encuentre.

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Judith Morales Pérez. Guayama, Puerto Rico. Es profesora universitaria, escritora, poeta y compositora. Ha publicado el poemario «Donde habiten los ángeles» y la novela «Lo que pasó después de Lady».

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