La cigarra y la hormiga

¡Qué olorosa brisa en los guayabales! “S s s sss s”. Su falda ondulaba la cabellera del maizal. En el campo, sereno y hundido, a lo lejos, prados y ríos apacibles lavaban los juncos inclinados sobre sus raíces verdes. ¡Qué olorosa brisa en los guayabales!

Eva Luz Rivera Hance

Una cigarra en su montecito de tierra… Una cigarra lloraba apenada el paso del verano que, como toda estación, tenía solo tres meses para disfrutarse. La cigarra Selena, al parecer, no tenía a quién contar su problema. Aunque linda sí era, ni esposo tenía. Tantos años bajo tierra sin mirar los caminos que conducen a su nueva casa en el árbol, ¿cómo conseguir un buen consorte?

—Buen verano, ¿se le ofrece algo? — preguntó al pasar por allí una larguirucha hormiga de campo. —Nunca había visto la cigarra tanta vanidad en un solo energúmeno ser —. ¡Qué encogida y oscura estás! —flip-flip—movió sus alas chiquitas la hormiga—. ¿De dónde eres? ¡Luces tan extraña y embarrada…!

—¿Extraña? Pue e de e ser. La vida es difícil para las cigarras. Vivía en una cueva hasta que un día, se me murió el amor de papá y de mamá entre el barro que se llevó la lluvia. Entonces quise conocer el mundo exterior, los graciosos guayabales, el río azul y los altos robles mirando al mar.

_¡Qué interesante! ¿Cómo pudiste hacerlo?

       —Recuerdo que fueron las hiedras. Resbalaba, resbalaba en el barro hasta que me asomé al mundo con ayuda de esas hiedras que cuelgan melancólicas.

Semanas después, llegó el otoño. En el campo las hojas viajan como barquitos verde limón. Las nubes engordan sus barrigas y el picaflor chilla —“ju-ju-ju” — de puro resfrío.

—Esto se pone color de hormiga brava— comenzó Selena a chirriar—“chis chi chis chiss”—sabiendo que tenía poco alimento. Sonrió perpleja, pues faltaban nueces, mosquitos, huevitos de mariposa… ¡Horror!  De lo guardado, faltaba lo necesario para el próximo invierno, pero la pobre no quería problemas con sus vecinos, como le enseñó mamá.

Soñaba. Soñaba árboles lozanos y altos hasta los cielos y decidió ir a descubrirlos. Entonces las hormigas se colaron ocultas y comieron todo cuanto quedaba en la cueva a donde casi nunca Selena Perpleja, como también la llamaban, regresaría.                                                                          

Tristona vivía pues para muchos en el Campo Hundido solo era una gran haragana. Según las hormigas solo cantaba por cantar; no guardaba el alimento para el invierno y pretendía que ellas la alimentaran. Al parecer a cierta gente maluca le gusta repetir viejas y falsas fábulas de viejos caminos.

Sobre el terraplén o montecito de tierra donde pasaba las horas, recogía con esfuerzo hojas, ciruelas, alitas de abejas… Sus vecinas, por supuesto, sabían que andaba rastrillo en mano, “saltito a salto”, batiendo alas, pero no les importaba pan con queso o pastelón. Rondan mirando todo lo que Selena Perpleja guarda para hibernar.

—¿Por qué te haces la más hacendosa, Selena? —le preguntó la hormiga Clemencia un día en el terraplén—. Y chillas que chillas, bates que bates…

—El invierno siempre regresa. No solo alboroto como crees.                      

 —¡Seguro! No solo cantas. No solo chirrías. ¡Claro que haces lo máximo! ¿Por qué te llaman haragana, pues?

—¡No! ¡Mientes! Ustedes toman de mis provisiones porque son unas hambrientas. Las observo cuando no puedo dormir. Cargan con todo —sh sh, sh— con astucia.

—¿Cómo te atreves, descarada ciga r r i ta a?

—Es tu familia quien hurta. Eres la jefecita. U u m m, al frente va la reina. Tú las diriges. ¡Quién lo hereda no lo hurta!

—¡Recorcholeta! Acá entre nos, somos un “Super Army”. A veces nos faltan ciruelas, raíces, nueces, troncos secos… Por favor, no lo digas a nadie porque tenemos fama de muy trabajadoras e inteligentes.

—¡Qué pena, Clemencia! Yo viví largos años bajo tierra, muda, como una ninfa o pequeño gusano, ¡Ooh! Un día, papá y mamá se hundieron en el barro, perdieron sus doce patas embarradas y, ¡huyy!, murieron. Solo soñaba disfrutar la mañana que me presta la luz del fogoso y deslumbrante sol. Ganar amigos. ¡Entonces me animaría a lograr todos los chirridos del mundo!

—¡Ah! Inmadura. ¡Dormiste largo y tendido! ¡Tanto tiempo sin moverte bajo tierra! ¡Sonitonta! ¡Me pareces una chiriboba o a lo mejor lo eres!

—¿Sí í í?  ¡Esto es el colmo! No esperaba escuchar esas palabras. Entonces, ¿soy solo una palangana para recoger hojas, chillar, robar sus alimentos? ¡OH, NO NOO! “Chas- Chas- Chas”. Solo deseo echarme a llorar por las patas, pero no lo haré. Las necesito fuertes para subir al árbol amigo. ¡A lo dicho, pecho!

Desconcertada, Clemencia bajó la cabeza y murmuró: —Oye, Perpleja, sabes todo, ¿lo contarás al campo? Mira, mejor calladita. Eso que dices es verdad. Trabajas demasiado… ¡Ah, ven, te ayudaré!

—Mejor, solita. Habla a tus hermanas. Es muy importante decir verdades, corregir nuestros errores—dijo la cigarra mientras trajinaba—. Ni robar lo ajeno, ni mentiritas por alcanzar un capullo de flor que te alimente.

La hormiga sacudió su redonda cabeza. —Pues sí que eres buena amiga, cariño—dijo llorosa—. Se me hace que tu fama de haragana cambiará por el ancho, peligroso mundo. Me encargaré de pasarlo por todas las redes cibernéticas de Campo Hundido. Prométeme que nunca desaparecerás en el barro mojado.

Pero Selena nada contestó. Guardar silencio era mejor que mil chasquidos de alas.

  • La cigarra, insecto con cuerpo ancho, grandes ojos y alas transparentes. Lo de perpleja obedece a que no sabe qué hacer, pensar o decir.

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Eva Luz Rivera Hance.  Canóvanas, Puerto Rico. Educadora, trabajadora social, escritora, gestora cultural. Graduada de la UPR Recinto de Río Piedras. Ha publicado diez libros que cubren los géneros de literatura infantil y juvenil, poesía, cuentos, ensayos, memorias. Su obra ha sido publicada en revistas, libros, antologías, y ha sido premiada en certámenes literarios. Fundadora-presidenta del Grupo Cultural La Ceiba, Inc. Es vocal de la junta de directores de PEN de Puerto Rico Internacional.   

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