Lengua y cultura, nuestros derechos

Patricia Schaefer Röder

«Los pensamientos son libres,

¿quién los puede adivinar?

Pasan volando como sombras nocturnas.

Nadie los conoce, ningún cazador

les puede disparar con pólvora y plomo:

¡los pensamientos son libres!».

Esta antigua canción popular alemana de compositor anónimo muestra la importancia que siempre ha tenido la libertad de pensamiento para el ser humano. Y aunque lamentablemente no siempre se cumpla, esa misma libertad de pensamiento junto con la libertad de expresión constituyen derechos humanos fundamentales. La lengua y la cultura son dones que poseemos y que damos por sentado como parte fundamental de aquello que nos define. Son tan nuestras, que no imaginamos la vida sin ellas.

La cultura y la lengua existen desde antes de la aparición del ser humano. La cultura es el conjunto de conocimientos que una generación le pasa a la siguiente y la lengua es el código de comunicación, el cimiento de la cultura. Así, a cada cosa que creamos le damos un nombre. La lengua y la cultura son manifestaciones de la identidad del individuo en su sociedad. Son producto de adaptaciones y habilidades que el ser humano adquirió a través de la evolución, razón suficiente para que todo individuo disfrute la libertad primordial de expresarse en su lengua y de difundir su cultura.

Cada pueblo tiene una cultura particular, piensa y razona de manera particular y tiene una lengua particular que así lo refleja. Todas las lenguas y culturas son válidas; a pesar de que algunas están más difundidas, no hay lenguas más importantes que otras, de la misma manera que no hay culturas más importantes que otras. Todas las lenguas y todas las culturas son dignas de respeto. Cada sociedad debe proteger, enseñar y poder usar su lengua para asuntos oficiales. Ningún individuo, sociedad ni entidad tiene el derecho de prohibir la lengua o la cultura de una comunidad.

Actualmente existen más de 7000 lenguas en el mundo, algunas prohibidas y otras en peligro de extinción. Tan solo en México existen 69 lenguas, de las cuales muchas están destinadas a morir en los próximos años debido a los pocos hablantes que quedan. Del mismo modo, la represión de las minorías etnolingüísticas ha sido un grave problema en todos los continentes, como la lengua kurda en Turquía desde 1980. La privación de las libertades lingüísticas y culturales a cualquier grupo étnico o comunidad fue definida como un crimen de lesa humanidad por la ONU en el Estatuto de Roma en 1998. Por otro lado, la UNESCO ratificó la importancia de estas libertades en la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural en 2011.

Resulta inconcebible que mientras mejoran las comunicaciones y caen las barreras físicas, surjan o se intensifiquen los atropellos a la diversidad cultural y linguística en la aldea global por parte de cualquier ente o grupo. Cada día el mundo se vuelve más pequeño y se nos hace más fácil interactuar con individuos de otras sociedades; este acercamiento celebra la diversidad y fomenta el respeto a la identidad de los pueblos. Las libertades de pensamiento y expresión en forma de cultura y lengua propias deben ser garantizadas y defendidas como derechos inalienables de todas las sociedades; solo así lograremos la paz.

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Patricia Schaefer Röder.  Es escritora, traductora literaria, editora, poeta y gestora cultural. Nació en Venezuela y reside en Puerto Rico. Entre sus traducciones literarias al español están las novelas El mundo oculto de Shamim Sarif, Por la ruta escarlata y Mi dulce curiosidad, ambas de Amanda Hale y premiadas en los International Latino Book Awards (ILBA) 2019 y 2020 en EE.UU. como mejor traducción de novela. En narrativa breve publicó Yara y otras historias y A la sombra del mango, Mención de Honor ILBA 2020. En Siglema 575: poesía minimalista, Patricia propone una novedosa forma poética que ha tenido gran aceptación internacional. Desde 2015 organiza el Certamen Internacional de Siglema 575 “Di lo que quieres decir”, del cual se publica anualmente una antología que incluye los mejores poemas del concurso, Segundo Premio poemario por varios autores ILBA 2019.

Ay de la luz

Carmen Troncoso Baeza
PEN CHILE

Ay de la luz que se cierne,

de la pestaña vibrando,

de la lágrima que se esgrime y acuchilla

Yo, mujer de cantos versados

he resistido asaltos a piel armada,

del robo del porvenir, me guardo

Intrusos oscurecieron mis ansias,

barriendo mis callejas y buscando

apoderarse de los túneles de mi carne

A través de paralelos y meridianos

me llegan los persistentes latidos de tus deseos

deseos que no claudican,

aunque detengas tu vuelo

y te lances kamikaze en picada

al centro del poema

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Carmen Troncoso Baeza. Chile, Valparaíso, 1957. Tres antologías, tres poemarios y un libro de entrevistas, han sido publicadas en Rumania y Chile.  Colaboró con la revista intercultural rumana “Horizonte Literario Contemporáneo”.  Pertenece a la Sociedad Chilena de Escritores y a Pen Chile. Traducida al rumano e inglés.

Piedras intrusas

Alicia Waisman
PEN ARGENTINA

I

Una piedra metida adentro de una media. No es guijarro, es piedra que molesta al pobre pie, achicharra los dedos, les quita espacio.

¿Acaso poner la media del revés hará desaparecer la piedra?

II

Adentro de una media ha anclado una piedra.

No es guijarro liviano, de esos que el amante arrojaría a la ventana de la que quiere ver florecer.

Tampoco canto rodado, terso, sempiterno testigo de la obra del mar.

No. Esta piedra lastima el pie, lo obliga a retorcerse.

¿Acaso poner la media del revés dará vuelta el signo del tiempo?

III

Un pedazo de roca por dentro de una media

hace sufrir al pie,

le quita espacio,

no lo deja respirar.

Y los dedos  devienen  en  roca.

No es la lisura del canto rodado.

Ni guijarro gastado por el viento.

No es pedregullo del camino,

el que bajo el peso de mis pasos

canta y me acompaña.

Esta es dura roca monocorde

perfecta en su función

mientras siga adentro de la media.

¿Cómo echar a la intrusa?

IV

Este dolor

como piedra en el zapato,

roca dura, fría,

mensaje al centro de la tierra,

al centro de una misma,

estertor,

convulsión.

¿Dejará algún día de ser perpetua?

V

A la piedra le duele

no florecer.

Inmutable

arrastra

el dolor del mundo.

Un piano,

la tarde llorando,

la ablandan.

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Alicia Waisman es una escritora de Buenos Aires. Participó de los talleres “Aníbal Ponce” y “Mario Jorge De Lellis” en los ’70. En 2013 la editorial Ruinas Circulares publicó su poemario “Ser Hablada”. Desde 2018 participa de diversos ciclos de lectura.  Tiene además dos libros inéditos: “Suite Francesa” y “Piedra en el zapato”, que incluye el poema publicado.

Zarpe en solitario

Aurora López Cancino
PEN CHILE

El tiempo se come la vida a grandes bocanadas, las auroras se suceden imperturbables, conjunción o no, sol o sombra de luna. La florescencia se resiste, pero su tallo se dobla cada día más hacia la tierra que espera la semilla. El aloe me observa serio, mudo. Con un gesto suave de niño cuidadoso, pone mi frágil velero en el agua y lo empuja dulcemente lejos de él. Mis alas tiemblan, mis velas apenas se inflan.

Comienza una etapa de comunicación de mí conmigo misma y mi entorno sin ayudas ni inspiraciones externas. Mi vulva ya ha sido impregnada. Ahora debo procrearme y de verdad caminar el sendero.

Busco símbolos, pinturas rupestres que me digan algo de mis cavernas interiores. Busco a la mujer que quiero ser y que se encabrita de impaciencia frente a mis miedos y simulacros. Isadora Duncan, Frida Kahlo, Leonora, Carrington Eloísa, Hildegard, Von Bingen, Gabriela Mistral, Simone de Beauvoir, Alma Mahler, Melusina. Sus almas se ríen de mis devaneos en redondo.

La navegación se vuelve ruda. Absurdamente, la soledad de la Navidad pesa más que otros días del año. El 24 en la noche me hundo agradecida en el agua tibia de la piscina rodeada de flores. Al volver al departamento, me siento en el balcón, mi pelo goteando sobre las baldosas. Veo autos llegar a las casas, gente caminar hacia ellas con bolsas de regalos y fuentes de comida, a los anfitriones recibirlos con grandes abrazos y risas, las puertas cerrarse frente a mi nostalgia viva de tamarugo en el desierto.

Sin embargo, la exploración no es en vano. Entre las penumbras se abren rendijas de visión en las que las flores se vuelcan hacia mí y me piden ir más al fondo, a lo simple, a las preguntas que no me atrevo a hacerme, a la tolerancia que me vuelva más permeable a la realidad, al momento de enfrentarme a mí misma y dar otro salto de mi espíritu luminoso. Me hago Reiki con mis manos sobre mis ojos y mis oídos, mi garganta, mi bajo vientre, con una oración en los labios venerando lo que es más grande que yo y de lo que soy parte. Mi cuerpo ondea de una vibración colosal. Tengo tanta necesidad de paz y armonía, y sólo yo puedo generarlas en estos momentos en que no hay otro interlocutor más que mi propio corazón. Pido encarnar más dulzura, más generosidad, más bondad, más belleza.

Busco tejer puentes orgánicos entre lo que anhelo y lo que hago, para cumplir con lo que ansío, sin la desesperanza de mis bloqueos. Quiero el relax de lo logrado, desde el detalle más doméstico hasta lo más creativo. No quiero temerle a los amaneceres y menos al insomnio. Busco respuestas que me animen a clarificarme. Porque soy alguien que siente horror de hacerle daño a quienes más me han hecho daño en la vida.

Paradojas que las plantas de mis balcones me raquetean de vuelta con fuerza, exigiendo – sin decir nada – mi alineación y resolución. Las cuido, trasplanto, fertilizo, amo, y en su tranquilidad y confianza mutua descanso para poder atrapar la punta del hilo de mi introspección. Respiro expandiendo ondas de energía amorosa que llegan hasta otras galaxias, tocando a amigos y desconocidos. Escucho a Beethoven, escalando y cayendo en sus movimientos alocados. Me energizo de ideas y colores.

Encuentro una foto de mi Aurora quinceañera, de carita desolada y moño deshecho, frente a las ruinas de Hiroshima. Hermosa en su daño, color sepia a pesar del verano estruendoso.

Recibo de regalo los iloveyousomuch-iwishiwerethere de mi hijo y su promesa de que la próxima Navidad estaremos juntos. Y un vestido de lino simple como una hoja de gomero que me viste de señoridad neutral. El aguamarina y la plata se enlazan en mis dedos, los símbolos se vuelven agua, como han estado intentando todos estos meses, queriendo romper los diques de mi intelecto. Se avecinan riachuelos saltando entre rocas musgosas, ríos subterráneos, oleajes alegres.

Soles, soles, soles. Cada uno de fulgores diferentes se alzan en mi cielo uterino, reflejándose en lo que queda de mis líquidos internos. Brillan, giran, salen y se ponen tras rugosidades ya secas.

Ha sido un tiempo desbocado. Mucho quehacer interno y manos cansadas. Toco al aloe pidiéndole permiso para levantar sus hojas pesadas de fecundidad y poder regarlo. Él no dice nada. Sólo se deja cuidar, preparando la partida de sus hijos que ya están casi de su porte inundando el macetero. Él en su destino y yo en el mío, unidos por sentimientos cósmicos sin nombre ni dimensión.

Desencarnada de flores, necesité revisitar mi humanidad para conectarme aún más con el reino natural. Subo los brazos hacia el sol y le doy la bienvenida a lo que me deparen los años que me quedan. Tengo aún tiempo para ordenar mis cosas, crear muchas otras y transformar mi corazón en un algodón rosa pálido de azúcar para comer a mordiscos una tarde de fiesta estival.

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Aurora López Cancino. Nació en Valparaíso, puerto de poetas y marinos. A los trece años el golpe militar la catapultó hacia el resto del planeta, donde ha ejercido mil ocupaciones y sembrado mil amistades. Desde los siete años, escribe sin riendas, pero en los últimos doce años se ha especializado en el tema de la memoria. La alquimia de los recuerdos y el presente embellece y da sentido a su vida nómada.

Poema del llanto dulce

Rubis Camacho

Alejo

el llanto pasa…

porque tú

-polizón de tempestades-

inventas la poesía.

tritura las hojas

tu pie de tirijala   

insistes de puntillas

en tragarte el poema

¡cuelgan las pomarrosas

en tu lengua!

¡candor en la tarde!

el verso lo presiente

y se    re-go-de-a

para dormir

 en tus manos

¡se desperdiga la espina!

te miro desde lejos

  -ese arcano redondo

de infatigable espejo-

donde lavo mis pestañas

del humo y de la muerte…

hago un gran esfuerzo

-al profetizar tu nombre-

 para que no se derramen

                                   (de mi boca)

las raíces

o las lágrimas…

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Rubis Camacho. Es abogada, escritora, poeta, ensayista, y profesora. En el género de cuentos ha publicado Cuentos traidores y El fraile confabulado. En novela:  Sara, la historia cierta y Tu rostro en la memoria. Safo, ritual de la tristeza, es su primer poemario. Próximamente publicará: Curriculum vitae, Alejo es mi nombre de amor (que incluye el poema publicado), Cuando mira la Medusa y Las madreselvas son unas flores. Algunas de sus obras han sido premiadas por PEN de Puerto Rico Internacional, Instituto de Cultura Puertorriqueña y Universidad Politécnica, entre otros.

Los reyes magos golpeados

Luccia Reverón

            —¿Miedo a los camellos? Pero si eres ya un hombrecito; el mes que viene cumples seis años— dijo la madre mientras lo arropaba de pies a cabeza.

            Wilfredo quedó solo en el cuarto, comenzó a orar.  Dio gracias a Dios por todas las bendiciones, e hizo una petición especial.

            Dios, por favor, que los reyes me traigan lo que pedí: el iPod, el Wii, la computadora, el celular, los patines…

            Finalmente se quedó dormido.

            Cuando despertó por la mañana, deprisa, buscó debajo de la cama. Su corazón latía aceleradamente. Encontró que la hierba estaba completa en la caja de zapatos. Ansioso salió corriendo por el pasillo.

            Fue a la sala. Buscó detrás de los muebles, debajo del árbol de Navidad. Nada. Su pecho se agitó. Buscó en otros lugares. Nada. Las lágrimas comenzaron a flotar en sus ojos. Luego bajaron por las mejillas; la respiración se acortó, el pecho empezó a oscilar sin control y finalmente se escuchó el llanto.

            Abrió las puertas de los gabinetes que estaban a su alcance, las cerró tirándolas con fuerza. Luego se trepó en el mostrador y abrió las demás puertas, pero no encontró nada. Las lágrimas bajaban y de vez en cuando hacían una parada en los húmedos labios de Wilfredo. En sollozos, repasó, contando con los dedos, todo lo bueno que había hecho durante el año.

            —Hice las tareas, saqué buenas notas, no peleé en la escuela, compartí mi merienda con mis amiguitos, hice la carta, le puse hierba y agua para los camellos…y no me trajeron nada.

            El sollozo se convirtió en llanto desesperado y al poco rato, en rabietas y gritos. Pateó los muebles mientras gritaba.

            —¡Reyes malos, ustedes son malos, no los quiero, no los quiero…!

            Al ver aparecer a su madre, Wilfredo corrió a su regazo.

            —Vamos, Wilfredo, no llores, los reyes te enviaron un regalo y una carta. Están en el cuarto —dijo mientras lo consolaba—. Ven, vamos a buscarla, papá todavía está durmiendo.

            Cuando llegaron al cuarto, la madre le extendió el regalo junto con la carta, pero Wilfredo lo despreció al ver que era un pequeño regalo.

            —Yo le escribí una cartita…lo que yo quería…, no era eso… —dijo llorando.

            —Sí, pero leamos la carta. Hay que saber lo que dice —la madre comenzó a leerla con voz suave y le acariciaba la cabeza sosteniendo en la mano el regalo.

            “Querido Wilfredo” Gaspar, Melchor y yo estamos muy doloridos. Unos bandidos nos golpearon, casi nos matan, y nos robaron todo lo que llevábamos. Nuestros camellos también han sufrido mucho, pero roguemos porque se salven. Estamos convaleciendo.

            —Mamá, — interrumpió Wilfredo mientras se secaba las lágrimas— yo no quiero que le pase nada a los reyes, ni a los camellos.

            La madre continuó leyendo:

            “Santa Claus también venía con nosotros, pero como él iba al frente, salió ileso y por eso fue que pudo llegar con los regalos que tenía para ti. Como no queremos que pienses que es una excusa, el próximo año le pediremos a Santa que vaya detrás de nosotros. Queremos asegurarnos de que recibas nuestros regalos. Cuando hagas tus oraciones, pide porque él acepte este pequeño cambio. Mientras tanto, acepta este humilde presente de parte de los tres reyes magos, que ansían darte los mejores regalos.

            ¡Qué Dios te bendiga! ¡Ah!  Y no hagas caso si otros niños te dicen que recibieron regalos de los reyes… Por favor, esto es un secreto, no les cuentes lo que hemos sufrido. Simplemente, ora todos los días para que esto no nos vuelva a suceder.

            Te queremos mucho,

            LOS TRES REYES MAGOS

            —Los tres reyes magos… —dijo Wilfredo entre labios, un poco apenado.

            Arrebató el regalo de las manos de la madre y corrió hacia el cuarto gritando:

            —¡Voy a orar para que se curen y vengan pronto!

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Luccia Reverón. Es la creadora de la cuenvela. Es miembro activo del Colectivo Literario Vivir del Cuento. Ha publicado en las antologías: Latitud 18.5, Fantasía Circense y Divina: la mujer en veinte voces; de Ediciones Scriba NYC. Además, ha publicado en la revista Identidad de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Aguadilla y en periódicos locales. Su cuento, Viernes de liberación fue premiado en el 25to. Certamen de la Universidad Politécnica. Su primer libro, la cuenvela Los molinos de doña Elvira, fue publicado en el 2016 y, la segunda edición, en diciembre de 2020.  

El retorno

Mónica Gómez
PEN CHILE

Sé que la verdad está oculta

negada

entre los confines de los pliegues

del sueño

y busco la verdad

incesantemente

y sueño

Y sueño

bajo la luz del mediodía

al sueño del ensueño

al filo de la medianoche

y a la lucidez de la vigilia

me guía una luz de oro

arcángel luminoso de la infancia

Y despierto al sueño

de la luz del mediodía

y busco la verdad

en el espejo de agua

de la vertiente del sur

y las aguas de la vertiente

del sur

puras en su origen

caen formando un gigantesco

charco

negro y sucio

en el que emergen

cabezas de niños mutiladas

y miradas dementes

y veo sobre la superficie

verde negrosa del agua flotar

flotar una mandrágora

cuyas bayas carnosas de color

 anaranjado

que contienen la verdad

son arrancadas por la mano

invisible de la mentira

y en su chillido de estertor

aterrada la mandrágora por su muerte

 prematura

grita la verdad buscada

pero la verdad es acallada

por el grito aún más alto de la mentira

y se me niega la verdad

y el sueño de la luz de mediodía

es devorado por el carcelero de las pesadillas

y despierto al sueño del ensueño

y busco la verdad

en el espejo de la tierra del sur

en la eternidad de la tierra

y me sumerjo en la tierra

y mis ojos se llenan de arenisca

negra y húmeda

y me encuentro con la muerte

y descubro que la muerte no es hembra

sino un andrógino que me mira

pero me oculta su mirada

un andrógino se asemeja casi en similitud

a otro que un día me robó

el extraviado amor de la caverna de Kor

y siento que me oculta su mirada

 porque la mirada es la verdad

y la verdad es muerte

pero escucho risas a mi alrededor

que denotan la burla de

(esta vez)

la trampa mortal

voces que al parecer ríen de mi ingenuidad

por creer que la muerte existe

y la burla me revela nuevamente

la mentira

y se me niega la verdad

y el sueño del ensueño es devorado

por el carcelero de las pesadillas

Y despierto al sueño

del filo de la medianoche

y busco la verdad en el espejo

del viento del sur

y el viento del sur murmura sordamente

 en mi oído

 deseo profundo-dice- matricaria agrimonia

agua de vertiente del sur

magnolia

canela vino rojo tierra del sur

y amor mucho amor

transmutado todo en el crepitar del fuego del sur

y reconozco en esta pócima

el bálsamo de la verdad

pero no la verdad

y el sueño del filo de la medianoche

desaparece devorado

por el carcelero de las pesadillas

Y despierto al sueño de la lucidez de la vigilia

en el espejo de fuego del sur

en el purpúreo resplandor del fuego del sur

en el que crepitan con sus lenguas de llama

infinitas salamandras

piel de cobre

oro rojo

con vetas de malaquita

y veo entre el fuego

el nacimiento de una gigantesca ave

con alas doradas

que es a la vez la luz de oro

arcángel luminoso de la infancia

la que emprende su divino vuelo

y me guía

y me guía a través del sendero corpóreo

 de la verdad

y me encuentro con mi origen

con el vientre materno de mi origen

y el sueño de la lucidez

de la vigilia

se transforma en verdad

y retorno

y ante mí se eleva diamantina

la verdad

                                                     en las azules montañas                                                   

cubiertas de brillantes pedazos de arcoíris

enigma

del origen

de la búsqueda

y del fin

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Mónica Gómez. Combativa poeta chilena, salió de Chile en 1975, vivió en Argelia, España y México, donde se radicó 20 años para luego regresar a Chile en 1993. Ha sido publicada en Chile, España, México, Holanda y Rumania. Su primera gran batalla la dio contra la dictadura de Pinochet.

Que no muera

Luz Betancur Posada
PEN CHILE

Miro las estrellas sobre el prado amarillo que dejó el invierno,

llega la imagen de la tierna niña que creía en los sueños.

Una lágrima trae el recuerdo amargo del tiempo que devora cada sueño.

Murió la fe de entonces en una vida libre de culpas.

Los actos de amor extraordinarios que besaban los encuentros en familia,

yacen en la bóveda de una historia que ya no se cuenta,

 por temor a ser robada, quizás juzgada por los ojos que aún enjuician

tratando de tapar su mudo pecado.

Hoy, bajo el manto luminoso le canto a la noche.

Elevo una plegaria inclemente para que el silencio la escuche:

Me resisto a dejarme morir sin volver a tocar el ser que en esencia soy.

Me resisto a entregar los sueños del hoy al fusilamiento.

Que no muera la esperanza que aún anida en el alma,

la hermandad se deshace en pedazos, trozos de pieles de colores,

indiferentes los unos de los otros.

Que no fallezca el alma compartida.

Que no sucumban las manos extendidas.

Es hora de donarnos

 palabras de aliento y esperanza.

Me resisto a continuar alimentando mi egocéntrica necesidad

de avanzar en personal.

¿Qué placer puede traer el estar despierta y sola?

Un minuto en comunidad vale más que cien años de iluminación.

Me resisto a creer que me ilumino sin los otros.

Me resisto a guardarme las caricias,

el amor hecho palabra, la mirada que resucita.

Que no mueran las lágrimas que resplandecen

 contemplando el sufrimiento de la humanidad.

Cada censura, cada juicio lapidario,

son como fractura al lenguaje mágico que nos une a cada ser.

Que no muera este momento de claridad,

que perdure tatuado en la mente.

Que se escriba en tierra firme.

Que el grito de los ecos vivientes

retumbe en los corazones cerrados.

Que no muera la piel reseca por ausencia de fe.

Que nadie muera sin recordar quién es.

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Luz Betancur Posada. Magister en Psicología. Socia del PEN Chile. Participó de la Antología “Tiempos turbulentos” (2020) PEN Chile, Antología “Di lo que quieres decir” 2020, certamen internacional de Siglema 575. Participa en talleres de escritura poética y es miembro del taller de escritura Itzamara, coautora del libro “Haiku a seis plumas”.

Las nietas

Yolanda Arroyo Pizarro

Camina erguida, pavoneada, como si las prietas necesitaran dignidad; como si las nietas de africanas poseyeran un lugar en este mundo. Su entrada por la puerta principal del Hotel Condado desafía miradas, contubernios murmurados, el aspaviento de los abanicos con encajes que pertenecen a las mujeres blancas y que han sido regalados por sus esposos ricos. Ruth Fernández se llama, y es cantante, y es 1940 en El Caribe, y sus abuelos bien pudieran haber sido ghanianos. Mis ojos azules se asustan porque a esta edad de diez años ya sé lo que deben y no deben hacer los de la servidumbre, aquellos del color feo y los cabellos nauseabundos. Los pechos se agitan, los sudores se agolpan ante el atrevimiento. La orquesta Whoopee Kids comienza a entonar una melodía que distraiga, que baje los nervios. Para sorpresa mía, de mis padres catalanes y del público blanco, la negra de Ponce que debió haber entrado por la cocina, abre la boca. La abre y estira el cuello. Lo estira, modula la voz y armoniza. Entona un repertorio que todavía hoy, cincuenta años más tarde, me sabe a gloria si cierro los párpados. Mis nietas pequeñas, mulatas de cabellos grifos y encaracolados, tararean las canciones de Ruth que aún sobreviven en los discos de vinilo en nuestro hogar. Ellas hoy no entenderían la palabra ‘segregación’.  Habría de hacer malabares para explicarles también lo de abolir. Antes de morir, o algún día cuando estén listas, les contaré. Cantaré con ellas, como aquella. Abriré la boca y estiraré el cuello.

Los inofensivos

  “Y de nuevo se abotonó nuestro pequeño ojal de las utopías.” —María del Mar Horno García, microcuento El viajero

Abuela tenía un agujero en la cabeza de considerable tamaño. De él salían guerreros bantúes, curanderas del imperio Ashanti, médicos brujos yorubas, tamborileros hausa y cazadoras amarillas de Ghana que muy inofensivamente poblaban la sala de nuestro hogar en la costa. Las olas del malecón daban contra el paseo tablado y su olor salitroso llegaba a las escalinatas de la casa, subía hasta la cocina, se restregaba por los intersticios de las habitaciones. Allí la esencia del mar combinaba energías que se disgregaban alrededor de los muebles de mimbre, la mesa de centro y las máscaras africanas que adornaban las paredes. Los guerreros y los médicos brujos eran quienes más argumentaban entre sí, a veces muy fogosamente alzando la voz, a veces muy murmurativos sobre el tema de la intensidad de las mareas o la salinidad de la fragancia del océano. Que si este era más o era menos oloroso que las de la masa de piélago madre abandonada. Que si acá las cebras, los lémures o una cría de elefante eran más majestuosos. Que si el amamantar de niños recién nacidos era más enternecedor en esta parte del mundo o si su revoloteo de llanto más adolorido. De la mollera abierta de la abuela se desprendían sorpresas originarias del Lago Chad, emergían flautas y toques de tambor estridentes de los mandingas o asomaba la punta del Kilimanjaro, mezquitas de Mali o jinetes de las viñas agrícolas fulani. En ocasiones teníamos que llamar a la grúa para sacar las gigantescas concepciones que atiborraban los espacios, pues no había cabida para dormitar o siquiera comer. Un día comenzó a desbordarse toda el agua del río Congo y arrastró todos los muebles por varias cuerdas de terreno abajo, dejando en el patio, enredada entre los columpios, una canoa varada. De ella salieron, no sin esfuerzo, una familia somalí quienes nos acusaron con desespero, de habernos blanqueado, de haber adoptado costumbres y saberes del amo, y quienes no pararon, día y noche, en exigirnos a gritos el regreso. El griterío aquel se quedó en nuestra húmeda casa por varios años. Cuando la abuela por fin emprendió su último viaje, los somalíes se retiraron con ella, pero fue muy confuso el desapego. Quienes nos quedamos en el desierto de nuestro jardín, a este lado, nunca supimos, o al menos jamás nos quedó claro, si era aquel el momento de llorar.

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Yolanda Arroyo Pizarro. Es Catedrática Auxiliar y Artista Residente de EDP University. Activista afropuertorriqueña, comprometida con las comunidades vulnerables. Ha publicado con la Editorial Egales de España los libros Caparazones (2010), Violeta (2014) y TRANScaribeñx (2017). Los asuntos de identidad afro, migraciones y sexodiversidad, entre otros, son temas centrales de su trabajo. Dirige el proyecto antirracista Cátedra de Mujeres Negras Ancestrales y la Cátedra de Saberes AfroQueer de Puerto Rico. Ha publicado con Editorial EDP University los libros Pelo Bueno, Mejorar la raza y Afrofeministamente, Premio Nacional de Poesía PEN 2021. Ha diseñado las campañas  #PeloBueno #SalasdeLecturaAntirracista y #EnnegreceTuProntuario.

IV

Gialik
PEN CHILE

Llankanahuel; joya de tigre

por el campo y polvo la oscuridad buscaba tregua

cerca de la villa San Ambrosio de Linares,

se reunían los brujos entre noche y desvelo,

las nubes asaltaban estrellas de frío en octubre

allá lejos, muy lejos, cuando no existía luz eléctrica

las familias construían sus casas con adobe

bajo ese sol campesino.

En Llankanahuel llegó mi estirpe,

esa generación me vería nacer

donde campesinos y adivinos hacían trueques

con aves recitadoras de embrujos

de ahí vengo, de los secretos y los santos;

de la piedra y el sudor

Azrael se vio nacer.

Cuando el sacerdote me tomó en Llankanahuel

para el bautizo de la salvación

la parroquia tembló,

todos con tibio nerviosismo proclamaron:

¡Azrael! ¡Azrael! No puede crecer

los brujos, los cantos, los poemas

su joya de tigre ha vuelto

para que la magia nocturna escriba el verso

que Llankanahuel siempre quiso ver.

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Gialik. (1990) Es poeta linarense, candidato a doctor en Literatura Hispanoamericana Contemporánea, docente universitario y fundador de “Espacio Cultural Waves”. Ha publicado tres poemarios: “El amor Imaginario” (2018), “Estrellas” (2020) y “Azrael” (2021). Y en sus tiempos libres se dedica a la Ilustración, la pintura y la música.