Las nietas

Yolanda Arroyo Pizarro

Camina erguida, pavoneada, como si las prietas necesitaran dignidad; como si las nietas de africanas poseyeran un lugar en este mundo. Su entrada por la puerta principal del Hotel Condado desafía miradas, contubernios murmurados, el aspaviento de los abanicos con encajes que pertenecen a las mujeres blancas y que han sido regalados por sus esposos ricos. Ruth Fernández se llama, y es cantante, y es 1940 en El Caribe, y sus abuelos bien pudieran haber sido ghanianos. Mis ojos azules se asustan porque a esta edad de diez años ya sé lo que deben y no deben hacer los de la servidumbre, aquellos del color feo y los cabellos nauseabundos. Los pechos se agitan, los sudores se agolpan ante el atrevimiento. La orquesta Whoopee Kids comienza a entonar una melodía que distraiga, que baje los nervios. Para sorpresa mía, de mis padres catalanes y del público blanco, la negra de Ponce que debió haber entrado por la cocina, abre la boca. La abre y estira el cuello. Lo estira, modula la voz y armoniza. Entona un repertorio que todavía hoy, cincuenta años más tarde, me sabe a gloria si cierro los párpados. Mis nietas pequeñas, mulatas de cabellos grifos y encaracolados, tararean las canciones de Ruth que aún sobreviven en los discos de vinilo en nuestro hogar. Ellas hoy no entenderían la palabra ‘segregación’.  Habría de hacer malabares para explicarles también lo de abolir. Antes de morir, o algún día cuando estén listas, les contaré. Cantaré con ellas, como aquella. Abriré la boca y estiraré el cuello.

Los inofensivos

  “Y de nuevo se abotonó nuestro pequeño ojal de las utopías.” —María del Mar Horno García, microcuento El viajero

Abuela tenía un agujero en la cabeza de considerable tamaño. De él salían guerreros bantúes, curanderas del imperio Ashanti, médicos brujos yorubas, tamborileros hausa y cazadoras amarillas de Ghana que muy inofensivamente poblaban la sala de nuestro hogar en la costa. Las olas del malecón daban contra el paseo tablado y su olor salitroso llegaba a las escalinatas de la casa, subía hasta la cocina, se restregaba por los intersticios de las habitaciones. Allí la esencia del mar combinaba energías que se disgregaban alrededor de los muebles de mimbre, la mesa de centro y las máscaras africanas que adornaban las paredes. Los guerreros y los médicos brujos eran quienes más argumentaban entre sí, a veces muy fogosamente alzando la voz, a veces muy murmurativos sobre el tema de la intensidad de las mareas o la salinidad de la fragancia del océano. Que si este era más o era menos oloroso que las de la masa de piélago madre abandonada. Que si acá las cebras, los lémures o una cría de elefante eran más majestuosos. Que si el amamantar de niños recién nacidos era más enternecedor en esta parte del mundo o si su revoloteo de llanto más adolorido. De la mollera abierta de la abuela se desprendían sorpresas originarias del Lago Chad, emergían flautas y toques de tambor estridentes de los mandingas o asomaba la punta del Kilimanjaro, mezquitas de Mali o jinetes de las viñas agrícolas fulani. En ocasiones teníamos que llamar a la grúa para sacar las gigantescas concepciones que atiborraban los espacios, pues no había cabida para dormitar o siquiera comer. Un día comenzó a desbordarse toda el agua del río Congo y arrastró todos los muebles por varias cuerdas de terreno abajo, dejando en el patio, enredada entre los columpios, una canoa varada. De ella salieron, no sin esfuerzo, una familia somalí quienes nos acusaron con desespero, de habernos blanqueado, de haber adoptado costumbres y saberes del amo, y quienes no pararon, día y noche, en exigirnos a gritos el regreso. El griterío aquel se quedó en nuestra húmeda casa por varios años. Cuando la abuela por fin emprendió su último viaje, los somalíes se retiraron con ella, pero fue muy confuso el desapego. Quienes nos quedamos en el desierto de nuestro jardín, a este lado, nunca supimos, o al menos jamás nos quedó claro, si era aquel el momento de llorar.

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Yolanda Arroyo Pizarro. Es Catedrática Auxiliar y Artista Residente de EDP University. Activista afropuertorriqueña, comprometida con las comunidades vulnerables. Ha publicado con la Editorial Egales de España los libros Caparazones (2010), Violeta (2014) y TRANScaribeñx (2017). Los asuntos de identidad afro, migraciones y sexodiversidad, entre otros, son temas centrales de su trabajo. Dirige el proyecto antirracista Cátedra de Mujeres Negras Ancestrales y la Cátedra de Saberes AfroQueer de Puerto Rico. Ha publicado con Editorial EDP University los libros Pelo Bueno, Mejorar la raza y Afrofeministamente, Premio Nacional de Poesía PEN 2021. Ha diseñado las campañas  #PeloBueno #SalasdeLecturaAntirracista y #EnnegreceTuProntuario.

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