Mi Patria es esta

Richardy R. Vázquez Dávila

La que me vio crecer

     de niño, sintió conmigo

la dulzura del amor

       la amargura

de mis decepciones

         la que me copó

 en mis silencios

           el pensamiento

con la belleza de sus ríos,

     sus montañas

la frescura de su tierra,

el cántico de sus aves

     el aroma a mar

 de sus olas

que van y vienen

           con lindos recuerdos

    para no dejarme apenar

 no sentirme llorar la ausencia   

        en tierras lejanas.

Mi Patria es la que

   me aguarda paciente

 con las manos abiertas

la que me llena de aliento

y de esperanzas el espíritu

para que quiera avanzar

 esta es mi patria…

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Richardy R. Vázquez Dávila. Nació en Washington D.C. Radica en Puerto Rico. En su primer poemario Cuando Habla el Corazón, Lamaruca, Gesta Cultural Vitrata, explora el tema del amor y la desilusión como motivo de la lírica. Sus textos han sido publicados en la revista en línea Poetas sin fronteras, de Vera Cruz; el periódico La Voz Hispana, New York; en las antologías poéticas Camino incierto; Amanecer solitario, Centro de Estudios Poéticos de Madrid; Divertimento II, Editorial Zayas, Puerto Rico; Hermanados por las Letras; segunda edición de Poética y Narrativa, Agencia Cultural del Caribe, Cartagena de Indias, Colombia.

 Julita

Obdulia Báez Félix

 Julita se levantaba todas las mañanas a contemplar la majestuosa naturaleza que se alzaba sobre su pueblo de Carolina. El sol brillaba. Los pájaros revoloteaban entre árboles frondosos. Las flores abrían sus corolas. El viento silbaba melodías danzarinas. ¡Un sueño campestre que la hacía sentirse afortunada de haber nacido en Puerto Rico! Había llegado el día que más añoraba. Su mamá iría al río a lavar la ropa de la familia. Julita sentía la misma emoción que se vive cuando se regala un juguete nuevo a un niño el Día de Reyes. Esta vez su felicidad tenía nombre… ¡Río Grande de Loíza! El río de sus primeros sueños…

            Madre e hija, con líos de ropa en mano, bajaban la cuesta que las llevaría hasta el río. Brincando y riendo, Julita entonaba, con emoción, una canción inventada:

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                        ¡Qué hermosa es la naturaleza de mi isla!

                        ¡Qué hermoso el canto del coquí!

                        Mi corazón canta y baila

                        como el río que nació aquí.

            – ¡Ay, mi niña! ¡Qué ocurrente eres! Si hasta pareces poeta- expresó su mamá.

            – ¡Recuerda, seré maestra!

            Julita, entre brincos y canciones inventadas, admiraba todo lo que la rodeaba. Era como si la naturaleza se glorificara con sus melodías de niña poeta. Llegaron al río. Julita dejó caer el lío de ropa que cargaba.

            – Julita, cuidado con la ropa.

            – Perdona, mami… ¡Es que la belleza de mi río me cautiva!

            – Julita, cuando te conviertas en poeta y uses tu inspiración para cantar la belleza de nuestra patria, recordarás mis palabras. ¡Ahora, ve a jugar mientras lavo! No sé de dónde sale tanta ropa.

            – Mami, recuerda que somos muchos.

            La niña se sentó sobre la tierra que la recibía con esmero. Sus ojos se posaron sobre las aguas cristalinas que corrían majestuosas a lo largo del río. Entonces, Julita, pensando en las palabras de su madre, cerró los ojos y comenzó a soñar:

            ¡Qué hermosas tus aguas!

            Entre mis pequeños dedos

            se fueron a jugar;

            corriendo y saltando

            ya no pueden parar.

            ¡Qué hermosas tus aguas!

            Libres como mariposas

            juegan sin cesar;

            y su alegría contagiosa

            duerme en el mar.

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Obdulia Báez Félix. Obtuvo un doctorado en Filosofía y Letras con especialidad en Literatura Puertorriqueña y del Caribe, en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, en el 2019. Es la autora del libro: Y me llamaron… ¡Julita! Pronto publicará la segunda parte titulada: Y sigo siendo… ¡Julita! Ambos libros giran en torno a la poeta Julia de Burgos. Ha publicado varios trabajos literarios en revistas y antologías.

Verde sombra  

Mario Martínez Hernández

Jamás!

pude encarcelar los sueños

y mucho menos

a contra-luz

¿Acaso no me refugié

en la verde sombra

de la casa y de las cosas?

Y luego alimenté

mis panteras

…cual bello silencio

Encontré

en una caja

la forma

de acelerar el pensamiento

y ahora

mantengo sumergido

ardiendo en fiebre

como un himno

aquel árbol.

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Mario Martínez Hernández. San Juan, Puerto Rico. Criado entre el Barrio Caguana de Utuado y la Cuidad del Grito, Lares. Estudió su bachillerato en Biología en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Es abogado, poeta y el creador del Festival del Grito del Arte. Sus más recientes publicaciones se encuentran en la antología digital de PEN de Puerto Rico Internacional, Letras desde el encierro y en Escritos de Gaveta de la Comisión de Juristas Creativos del Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico.

Confesiones literarias 

Astrid Guerra

Confieso que no he leído el Quijote ni creo que lo lea

confieso que leí Cien años de soledad por primera vez después de

los 40 años

confieso que odié a García Márquez por 15 minutos

porque

porque

por qué ese libro no lo escribí yo

por qué

confieso que no entiendo el culto a Pablo Neruda o a Rosario Castellanos

confieso que soy #teamHuidobro

confieso que no me hubiera molestado vivir en un convento

si me aseguran que iba vivir como Sor Juana

confieso que me quedé tan impresionada con las películas de Harry Potter y Lord of the Rings que se me quitaron las ganas de leerlos

confieso que descubrí a Jane Austen por Bridget Jones’ Diary

confieso que soy terca como Lizzie Bennett, pero también quiero mi príncipe

confieso que si fuera un escritor blanco europeo no sería tan invisible

confieso que me gusta el Arte Moderno

que es dominado por pintores blancos europeos

confieso que me aburro de la teoría literaria

confieso que no leo los prólogos o las introducciones

esto es entre el autor y yo

confieso que si me escriben un prólogo y no es como el de Octavio Paz en Árbol de Diana de Alejandra Pizarnik

no lo quiero

confieso que pienso que Gustavo Cerati es un poeta

confieso que algún día seré poeta

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Astrid Guerra. Nacida en Mayagüez, Puerto Rico. Poeta y redactora. Es autora de cuatro poemarios: Peregrina (2018), Cuéntame, Poeta (2020), La Bruja (2021) y Fantasías Concretas (2021). En estos explora la experiencia de ser escritora y plasma su visión de mundo desde una perspectiva femenina. Disfruta del Arte Abstracto, especialmente las pinturas de Piet Mondrian, y del chocolate.

La noche sin final: Narcosis, sin punto

– Primera versión –

El viaje

Miranda Merced

El roce de estas tantas pieles ha dejado de ser extraño, lo mismo que el hedor a orín fermentado en el que descansa el cuerpo de cien cabezas y cuatrocientas extremidades (tal vez algunas menos, dependiendo de las condiciones de la captura). Ya no se piensa en el sonido de las arcadas seguidas por el vómito, ni en los gases nauseabundos, ni en las dolorosas llagas producidas por la fricción de las cadenas.  El cerebro solo se guía por el rítmico sonido de la oleada contra el costado del barco y la hipnótica danza de un bamboleo demasiado largo, tan largo que ya parece propio.

El letargo de la noche interminable se interrumpe por un ruidoso romper de olas. El ritmo de la nave cambia. ¡Llegamos! un grito cargado de emoción (alivio-miedo-aviso) perturba los nervios. Sin detenerse a pensar sobre el origen ni el tono, la voz alerta la masa.  Un estado de alarma reemplaza al de hibernación que había adormecido por igual, a la cordura y la locura.

Se levantan.  Tiran de nosotros los que están encadenados a su cuello, porque nuestros cuellos están presos de las mismas cadenas. Nos arrastran. Otros, cuando los que comparten las cadenas están enfermos o han muerto, se mantienen tirados sobre las tablas forradas de excremento.  Esperando…

El que está vivo ya no duerme. Sufre, duda, teme.

            La plaza está llena de gente y el cielo no se ve.  Un espeso olor a sudores blancos, amargos, se mezcla con los picosos de mi raza y con los otros, los indios, los que huelen a verbena recién cortada.

– Segunda versión –

Lucy, esclava en venta 

Young Woman of good Character, used to House Work and the Nursery

El mar golpea la nave.

(lágrimas)

La nave da tumbos.

(lágrimas, mareo)

El barril cae.

(lágrimas, mareo, náusea)

Golpea el barandal.

(mareo, náusea)

Tun. Tun. Tun. Tun.

El ron se derrama.

(sopor)

Los espíritus se elevan.

(sopor, mareo, náusea)

Tun. Tun. tun. tun. n,n,n.

(sopor, sopor, sopor)

La nave se aquieta.

(temor)

Camino en cadenas.

(lamento)

El agua lanzada que corta la cara, la espalda, las nalgas.

(rabia)

Las manos que hurgan mis pechos,

que clavan la carne,

que escupen mi raza

(coraje)

Golpe en la cabeza

Patada en la espalda

(odio, rencor, venganza)

Palabras extrañas,

Miradas sin alma,

Sonrisas veladas

¡Dinero por cuerpos!

(¡REVUELTAAAAA!)

O iguales…

o nada

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Miranda Merced. Nació en Puerto Rico en la mitad del Siglo XX. Educadora, escritora y humanista. Pertenece al Colectivo Literario Vivir del Cuento desde su creación, en 2009. Publicó la colección de cuentos Almarios en alquiler (2013), fue coautora del proyecto en penumbras Ars Memoriae junto a Lynette Mabel Pérez (2014), y publicó en español el cuento “y los sueños, sueños son” traducido en el mismo libro como «A dream of trumpets and crimson», por David Caleb Acevedo (2017). Sus cuentos han sido publicados en importantes antologías, nacionales e internacionales.

Mi equipaje

Como muy pronto me alejaré de esta, 

mi amada, 

pero irredenta patria, 

empaco un bulto con mis más brillantes recuerdos, 

para que alumbren mis futuras oscuridades.

También llenaré un viejo cofre 

con aretes de alegrías,  

brazaletes de ilusiones,

pesados collares de Ónix que carguen todas mis penas,

algunos broches de coraje, 

de aquellos que cerraron puertas 

y mi diadema de sueños, 

bordada con un sólido e inmenso orgullo patrio.

También preparo un bulto con todas mis pasadas alegrías 

y otro con mis más profundas penas 

para que esta anciana mente 

jamás las vaya a olvidar.

Me alejo, patria, 

con el corazón herido,

pero te dejo como herencia: 

un cementerio de palabras olvidadas,

el leve susurro de mi voz en tu memoria 

y mis versos, 

que esperanzados volarán sobre tu cielo, 

hasta el día en que tu bandera

pueda al fin

volar sola…

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Gina González de Freytes.  Mayagüez, Puerto Rico. Poeta, novelista y escritora de cuentos para niños. Su libro «De la montaña a la playa» figura en las bibliotecas de todas las escuelas elementales de la Isla. Su poemario más reciente se titula «Renacer». El poema publicado aquí estará incluido en su próximo poemario «El lejano horizonte».

El favor

Pancho Vélez veía, desde detrás de la barra del restaurante de la calle Recinto Sur en el Viejo San Juan donde trabajaba, cómo se aproximaba desde la otra acera su primo Rafi Vélez.  La visión lo aterrorizó, pues su primo, que antes había trabajado

José E. Santos

en la cocina del local, había sido despedido por habérsele asociado con miembros del bajo mundo en una investigación criminal.  La policía fue a preguntarle al restaurante por ciertos individuos y negó conocerlos. Esa misma noche fue a la casa de uno de los susodichos y la policía lo había seguido.  Fue arrestado, aunque no se le probó participación alguna en el crimen que se investigaba.  Quedose sin trabajo, por supuesto, y como de costumbre, esto sería un inconveniente para subsanar el vicio y otros pormenores personales, razón por la que tuvo que involucrarse activamente en menesteres poco decorosos.

          Y ahora Pancho observaba cómo aceleraba el paso y prácticamente corría hacia la puerta del establecimiento y lo miraba con una cara de terror categórica.  En dos segundos llegó donde Pancho y le suplicó asfixiado:

          —Primo, por favor, guárdame esto —balbuceó mientras le tiraba sobre el mostrador de la barra un paquete que fue a parar a los pies de Pancho por la fuerza con que lo lanzó.

          —No, Rafi, no vengas con esos cuentos.  Vete, vete de aquí.  En algo andas así que llévate esta mierda contigo.

          Pancho se bajó para recoger el paquete y en ese momento entró un gatillero que perseguía a Rafi. Este corrió a la puerta trasera del establecimiento, pero sucumbió al tercer disparo de su perseguidor. Todos al suelo. Nadie salió de la cocina. Nadie salió de la oficina. Pancho se quedó en el suelo. Solo se oía el ruido de los automóviles en la calle. Luego de que el agresor inspeccionara bien el cuerpo y no encontrar lo que buscaba, alguien hizo sonar la alarma contra incendios. Pensó que insistir allí en el local era perder el tiempo con un cadáver inservible y se marchó corriendo por la puerta de entrada.

          Pancho escondió el paquete en una de las neveras.

          —Ese es Rafi Vélez —señaló el gerente.

          —Sí, es mi primo —confirmó Pancho—. Llamen una ambulancia.

          El restaurante tardó varias horas en volver a la normalidad.  Se dijo que el occiso había trabajado en el local y los policías pensaron lógicamente que por la posición y el lugar en que lo encontraron muerto seguramente deseaba escapar por la puerta que daba a la calle Tetuán. Nadie mencionó nada de los lazos familiares entre Pancho y Rafi, pues no querían que le estuvieran preguntando toda la noche innecesariamente sobre un asunto del que seguramente, por su reputación, no sabía nada.

          Pancho, ya a la hora de cerrar, sacó el paquete de la nevera y se dirigió a la puerta trasera. Iba a lanzar el mismo en el contenedor de basura que estaba en la calle Tetuán cuando oyó una voz delicada.

          —Joven, no bote el paquete.

          Pancho se volteó y vio a dos hombres, uno de ellos con aspecto de llevar el gimnasio en la sangre, y el otro con una fisonomía normal, algo más bajo. Ambos estaban bien vestidos. El más bajo habló nuevamente.

          —Eres Pancho Vélez, sabemos que eras el primo de Rafi, y sabemos dónde vives actualmente, 105 Calle de la Luna, apartamento 3-b.

          Pancho no dijo nada, solo palideció.

          —Contéstame una pregunta. ¿Has abierto el paquete?

          —No. Solo lo iba a botar —contestó Pancho.

          El más bajo de los hombres tomó delicadamente el paquete de las manos de Pancho y lo inspeccionó con cuidado.  Estaba cerrado, intacto, sin marca que indicara que había sido abierto.

          —Bien, Pancho Vélez, perdona que te hayamos importunado tan tarde en la noche.

          Entonces el hombre más bajo le hizo una señal con la cabeza al más corpulento. Este, entonces, le dejó un sobre cerrado en la mano izquierda a Pancho.

          —Váyase tranquilo, Pancho, que es ya tarde —dijo el más bajo—. Y recuerde bien que no nos vio nunca, así como nosotros no sabemos nada de usted.

Pancho sólo asintió con la cabeza. El temor le consumía la vida. Pensó botar el sobre, pero algo lo motivó a metérselo en el bolsillo del pantalón. Al llegar a la casa abrió el sobre y vio que contenía cinco mil dólares. Se estremeció, no sabía qué sentir, todo confundido. Al cabo de un rato pensó darlo de alguna manera a sus tíos, tal vez en forma de regalos, o en pagarles un viaje. Pensó además que podría dárselos a su prima para la educación de su hijo. Entonces volvió a vivir la escena y a recordar los tiros.  “Mierda”, pensó, “con esto doy un pronto para un Corolla del año”. Y se fue a dormir.

(Tomado de José E. Santos, Los comentarios, CePA, 2008.)

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José E. Santos. (San Juan, 1963). Es poeta, narrador, ensayista y profesor en el Recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo PEN 2019 por su obra Al margen, la glosa.

Reencarnaciones

(teoría 4)

Ana María Fuster Lavín

Después del estallido, renació la palabra; al segundo día, los planetas y las estrellas; luego, la vegetación junto a los cuerpos de agua y la vida animal no humana. Finalmente, el teletransportador logró descender en un nuevo mundo. Sus tres pasajeras hibernaron plácidamente, regestándose en el interior de una tibia y húmeda matriz, mientras viajaban a través de nuevas dimensiones desde la ya desaparecida Tierra, de la que tampoco eran oriundas. Por lo que al evaporarse y ser expulsadas, no pudieron más que llorar. A las horas, se alimentaron y descansaron antes de iniciar la misión. Ellas construirían nuevas matrias de gestación para repoblar el universo, a partir de sus códigos genéticos reconstruidos desde las distintas especies durante los ministerios del tiempo intergalácticos. Estas tres madres gestarían futuros desde la bondad y la solidaridad, ajenas a violencias y a los amores imaginarios. Las nuevas bebés comenzaron a nacer con sus capacidades plurilingües desarrolladas, y a los dos o tres años, alcanzaban la adolescencia desenvolviéndose en distintas materias: tecnológicas unas, humanistas otras. Ya a los seis años se les adjudicaban sus misiones antes de reingresar a la matriz y renacer mediante la reencarnación en distintos planetas. Con este método, habían desaparecido: el concepto del terror, la memoria histórica anterior al estallido, las frustraciones y los vicios. Sin embargo, no contaban con que en la nave había otro pasajero, que por el tiempo transcurrido sin que se percataran de él terminó autorrencarnándose, hasta poder salir del teletransportador: el polizón era un escritor.

La marejada de los muertos

(teoría 5)

Cuenta una leyenda, que allá para el siglo XXI, los pescadores de una isla le revelaron a una poeta, que, si brincamos fuerte más allá de la última ola del amanecer, podremos viajar a nuestro origen. Aquí sentada junto a mi hija y a mi escritor, observamos las enormes olas diferentes en ritmo e intensidad. Presagian el reinicio de huracanes, terremotos, pandemias, gobiernos perversos. Luego del gran estallido, creímos que todo iba a ser mejor, pero fallamos. Nuestra naturaleza pluriespacial es idiota, debe ser el gen recesivo que nos queda de los humanos.  La espuma salitrosa comienza a besar nuestros pies. Recuerdo cuando nos renacimos por tercera vez, intentamos repoblar el universo con la bondad como norte. Fracasamos. Dejamos que, con el tiempo, la epidemia de miedos y mezquindad infectara a la mayoría. Mi hija y mi escritor aceptan que sea yo quien tome la decisión. Quedamos nosotros. Irreversiblemente vamos olvidándonos del pasado, de nuestros errores; silentes, nos entendemos mirándonos a los ojos. La profecía se ha cumplido. Somos la santísima trinidad, el último apocalipsis. Mi escritor sigue escribiendo en su diario, mientras pierde los verbos y adjetivos; sus temblorosas manos expulsan las últimas historias que se nos quedaron en el camino. Mi hija nos toma de la mano. No todos los finales pueden ser abiertos y ya es hora. Nosotros, los últimos habitantes de este libro, nos arrojaremos a la marejada. Si alguien nos lee, quizá esté a tiempo de teletransportarse y huir, a nosotros se nos hizo tarde.

Las hijas del mar

(génesis sin teorías)

       Después de brincar los últimos tres habitantes del planeta hacia la gran ola de la marejada de los muertos, temblaron las montañas del planeta desolado. Madre, hija y escritor reían abrazados. Se avecinaba un nuevo final, el frío arropaba todo. El mundo giraba vertiginosamente. Encerrados en una matria de mar ocurrió que el sol comenzara a apagarse. Los sobrevivientes de otros planetas se ahogaban en el inmenso océano. Quienes llegaron tarde a la muerte se amarraban al borde del tiempo, pero el exceso de equipaje —casi todo robado a los desaparecidos— hizo que cediera el trocito de tierra donde se arremolinaron. Inevitablemente cayeron al abismo. El terremoto universal provocó que aquel hombre, que cavó un hoyo en la tierra para escapar, se liberara del polvo de estrellas y terminara fundiéndose en el éter. La oscuridad previa a la nueva gran explosión era inminente. “Mamá, tengo miedo, dile a papi escribidor que todavía no es hora del nuevo universo, despierta, despiértalo, lleva demasiado sin escribir”, los jamaqueó sacándolos del letargo de la matria horas antes de estallar. “Mira alrededor, esto no volverá a retoñar. Es el final de los tiempos. Escribe, por favor, escribe. No habrá más libros, ni recuerdos, ni renacimientos”, suplicó la mamá a su escritor hasta que logró sacarlo del letargo. El escritor tomó tembloroso su libreta. Finalmente, volvió a amanecer, y la espuma del mar arropó la orilla liberando cientos de niñas que corrían por la playa jugando a un futuro por vivir.

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Ana María Fuster Lavín. San Juan, Puerto Rico. Escritora, editora, correctora, redactora de textos escolares y columnista de prensa cultural. Ha recibido diversos premios en los géneros de ensayo, cuento, microcuento y poesía. Carnaval de sangre 2 (Ed. EDP University, 2019) ganó Premio Nacional en el certamen literario de PEN de Puerto Rico Internacional.

MAΪKUS

Javier Febo Santiago

1

Desaparece el tiempo.

No. Es mentira.

Desaparezco yo con mi tiempo.

2

Las estatuas son arrancadas.

Caen al suelo.

La historia no se acaba.

3

Baja la voz.

¿Qué pasa?

La melancolía.

4

¿Qué es el amor?

Un sentido al sin sentido.

¿Qué es el odio?

5

Cena para dos.

Los platos sucios.

El comedor sin habitantes.

6

Besarnos hasta morir.

Y si la muerte es metáfora,

morirnos de verdad.

7

Me dicen, ¿Por qué escribes?

Yo les digo, ¿Por qué hablas?

El silencio de las miradas.

8

¿Qué es la literatura?

El conejo que sale

del sombrero.

9

La vida como revólver.

Los poemas como balas.

Y la muerte, descansa.

10

¿Qué es la poesía?

Describir las hojas

que nunca llegan al suelo.

11

Un cigarro.

El humo vuela,

vuela como un pájaro.

12

Ajumado de palabras

en el batey del cielo

llegan las visitas del infierno.

13

Aquí,

descifrando el lenguaje

de las nubes.

14

Dios ha muerto.

¿Dios ha muerto?

¡Dios ha muerto!

15

Un poema de lo atroz

es sufrir, sí,

con lo hermoso.

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Javier Febo Santiago nace en Chicago, Illinois en 1977. Su obra poética y narrativa ha sido publicada en Nueva York, Colombia, Venezuela, Chile, Dinamarca, Argentina, México y Perú. La novela Mala Fama es su más reciente publicación. 

Una Julieta precavida

Romeo suspiraba y exhalaba palabras de amor. Recitó aquel parlamento de la pálida luna, que escondía su languidez ante la inefable hermosura de la mujer extasiada en el balcón. Le dijo que sus ropas se habían destrozado y sus brazos estaban ensangrentados, por el enorme esfuerzo de subir las tapias del jardín. En esos días el joven pasaba por un leve desgaste físico, al haber caído en vicios causados por su obstinación.

Julieta lo miró extenuado y sudoroso. Le molestó sentir una granizada de compasión por aquel mancebo de bonita apariencia, buenas maneras y lírica conversación. Lo hubiese invitado a que subiera hasta ella, pero lo vio tan maltrecho, que optó por elogiar sus palabras poéticas y agradecer la hazaña de llegar hasta su casa, poniendo en riesgo su vida.

Cuando Romeo abandonó la escena, Julieta pensó que era más conveniente fijarse en el musculoso jardinero, que aunque no fuese tan guapo y labioso como el galán enamorado, su apellido no resultaría tan conflictivo. De este modo, el dulce juego del amor no habría de terminar en tragedia.


Pedro Juan Ávila Justiniano es poeta, dramaturgo, narrador, promotor cultural, maestro de Teatro y profesor universitario de Lengua y Literatura. Nació en Manatí, Puerto Rico. El texto publicado está incluido en el libro Para volver a mirarte.