El favor

Pancho Vélez veía, desde detrás de la barra del restaurante de la calle Recinto Sur en el Viejo San Juan donde trabajaba, cómo se aproximaba desde la otra acera su primo Rafi Vélez.  La visión lo aterrorizó, pues su primo, que antes había trabajado

José E. Santos

en la cocina del local, había sido despedido por habérsele asociado con miembros del bajo mundo en una investigación criminal.  La policía fue a preguntarle al restaurante por ciertos individuos y negó conocerlos. Esa misma noche fue a la casa de uno de los susodichos y la policía lo había seguido.  Fue arrestado, aunque no se le probó participación alguna en el crimen que se investigaba.  Quedose sin trabajo, por supuesto, y como de costumbre, esto sería un inconveniente para subsanar el vicio y otros pormenores personales, razón por la que tuvo que involucrarse activamente en menesteres poco decorosos.

          Y ahora Pancho observaba cómo aceleraba el paso y prácticamente corría hacia la puerta del establecimiento y lo miraba con una cara de terror categórica.  En dos segundos llegó donde Pancho y le suplicó asfixiado:

          —Primo, por favor, guárdame esto —balbuceó mientras le tiraba sobre el mostrador de la barra un paquete que fue a parar a los pies de Pancho por la fuerza con que lo lanzó.

          —No, Rafi, no vengas con esos cuentos.  Vete, vete de aquí.  En algo andas así que llévate esta mierda contigo.

          Pancho se bajó para recoger el paquete y en ese momento entró un gatillero que perseguía a Rafi. Este corrió a la puerta trasera del establecimiento, pero sucumbió al tercer disparo de su perseguidor. Todos al suelo. Nadie salió de la cocina. Nadie salió de la oficina. Pancho se quedó en el suelo. Solo se oía el ruido de los automóviles en la calle. Luego de que el agresor inspeccionara bien el cuerpo y no encontrar lo que buscaba, alguien hizo sonar la alarma contra incendios. Pensó que insistir allí en el local era perder el tiempo con un cadáver inservible y se marchó corriendo por la puerta de entrada.

          Pancho escondió el paquete en una de las neveras.

          —Ese es Rafi Vélez —señaló el gerente.

          —Sí, es mi primo —confirmó Pancho—. Llamen una ambulancia.

          El restaurante tardó varias horas en volver a la normalidad.  Se dijo que el occiso había trabajado en el local y los policías pensaron lógicamente que por la posición y el lugar en que lo encontraron muerto seguramente deseaba escapar por la puerta que daba a la calle Tetuán. Nadie mencionó nada de los lazos familiares entre Pancho y Rafi, pues no querían que le estuvieran preguntando toda la noche innecesariamente sobre un asunto del que seguramente, por su reputación, no sabía nada.

          Pancho, ya a la hora de cerrar, sacó el paquete de la nevera y se dirigió a la puerta trasera. Iba a lanzar el mismo en el contenedor de basura que estaba en la calle Tetuán cuando oyó una voz delicada.

          —Joven, no bote el paquete.

          Pancho se volteó y vio a dos hombres, uno de ellos con aspecto de llevar el gimnasio en la sangre, y el otro con una fisonomía normal, algo más bajo. Ambos estaban bien vestidos. El más bajo habló nuevamente.

          —Eres Pancho Vélez, sabemos que eras el primo de Rafi, y sabemos dónde vives actualmente, 105 Calle de la Luna, apartamento 3-b.

          Pancho no dijo nada, solo palideció.

          —Contéstame una pregunta. ¿Has abierto el paquete?

          —No. Solo lo iba a botar —contestó Pancho.

          El más bajo de los hombres tomó delicadamente el paquete de las manos de Pancho y lo inspeccionó con cuidado.  Estaba cerrado, intacto, sin marca que indicara que había sido abierto.

          —Bien, Pancho Vélez, perdona que te hayamos importunado tan tarde en la noche.

          Entonces el hombre más bajo le hizo una señal con la cabeza al más corpulento. Este, entonces, le dejó un sobre cerrado en la mano izquierda a Pancho.

          —Váyase tranquilo, Pancho, que es ya tarde —dijo el más bajo—. Y recuerde bien que no nos vio nunca, así como nosotros no sabemos nada de usted.

Pancho sólo asintió con la cabeza. El temor le consumía la vida. Pensó botar el sobre, pero algo lo motivó a metérselo en el bolsillo del pantalón. Al llegar a la casa abrió el sobre y vio que contenía cinco mil dólares. Se estremeció, no sabía qué sentir, todo confundido. Al cabo de un rato pensó darlo de alguna manera a sus tíos, tal vez en forma de regalos, o en pagarles un viaje. Pensó además que podría dárselos a su prima para la educación de su hijo. Entonces volvió a vivir la escena y a recordar los tiros.  “Mierda”, pensó, “con esto doy un pronto para un Corolla del año”. Y se fue a dormir.

(Tomado de José E. Santos, Los comentarios, CePA, 2008.)

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José E. Santos. (San Juan, 1963). Es poeta, narrador, ensayista y profesor en el Recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo PEN 2019 por su obra Al margen, la glosa.

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