Reencarnaciones

(teoría 4)

Ana María Fuster Lavín

Después del estallido, renació la palabra; al segundo día, los planetas y las estrellas; luego, la vegetación junto a los cuerpos de agua y la vida animal no humana. Finalmente, el teletransportador logró descender en un nuevo mundo. Sus tres pasajeras hibernaron plácidamente, regestándose en el interior de una tibia y húmeda matriz, mientras viajaban a través de nuevas dimensiones desde la ya desaparecida Tierra, de la que tampoco eran oriundas. Por lo que al evaporarse y ser expulsadas, no pudieron más que llorar. A las horas, se alimentaron y descansaron antes de iniciar la misión. Ellas construirían nuevas matrias de gestación para repoblar el universo, a partir de sus códigos genéticos reconstruidos desde las distintas especies durante los ministerios del tiempo intergalácticos. Estas tres madres gestarían futuros desde la bondad y la solidaridad, ajenas a violencias y a los amores imaginarios. Las nuevas bebés comenzaron a nacer con sus capacidades plurilingües desarrolladas, y a los dos o tres años, alcanzaban la adolescencia desenvolviéndose en distintas materias: tecnológicas unas, humanistas otras. Ya a los seis años se les adjudicaban sus misiones antes de reingresar a la matriz y renacer mediante la reencarnación en distintos planetas. Con este método, habían desaparecido: el concepto del terror, la memoria histórica anterior al estallido, las frustraciones y los vicios. Sin embargo, no contaban con que en la nave había otro pasajero, que por el tiempo transcurrido sin que se percataran de él terminó autorrencarnándose, hasta poder salir del teletransportador: el polizón era un escritor.

La marejada de los muertos

(teoría 5)

Cuenta una leyenda, que allá para el siglo XXI, los pescadores de una isla le revelaron a una poeta, que, si brincamos fuerte más allá de la última ola del amanecer, podremos viajar a nuestro origen. Aquí sentada junto a mi hija y a mi escritor, observamos las enormes olas diferentes en ritmo e intensidad. Presagian el reinicio de huracanes, terremotos, pandemias, gobiernos perversos. Luego del gran estallido, creímos que todo iba a ser mejor, pero fallamos. Nuestra naturaleza pluriespacial es idiota, debe ser el gen recesivo que nos queda de los humanos.  La espuma salitrosa comienza a besar nuestros pies. Recuerdo cuando nos renacimos por tercera vez, intentamos repoblar el universo con la bondad como norte. Fracasamos. Dejamos que, con el tiempo, la epidemia de miedos y mezquindad infectara a la mayoría. Mi hija y mi escritor aceptan que sea yo quien tome la decisión. Quedamos nosotros. Irreversiblemente vamos olvidándonos del pasado, de nuestros errores; silentes, nos entendemos mirándonos a los ojos. La profecía se ha cumplido. Somos la santísima trinidad, el último apocalipsis. Mi escritor sigue escribiendo en su diario, mientras pierde los verbos y adjetivos; sus temblorosas manos expulsan las últimas historias que se nos quedaron en el camino. Mi hija nos toma de la mano. No todos los finales pueden ser abiertos y ya es hora. Nosotros, los últimos habitantes de este libro, nos arrojaremos a la marejada. Si alguien nos lee, quizá esté a tiempo de teletransportarse y huir, a nosotros se nos hizo tarde.

Las hijas del mar

(génesis sin teorías)

       Después de brincar los últimos tres habitantes del planeta hacia la gran ola de la marejada de los muertos, temblaron las montañas del planeta desolado. Madre, hija y escritor reían abrazados. Se avecinaba un nuevo final, el frío arropaba todo. El mundo giraba vertiginosamente. Encerrados en una matria de mar ocurrió que el sol comenzara a apagarse. Los sobrevivientes de otros planetas se ahogaban en el inmenso océano. Quienes llegaron tarde a la muerte se amarraban al borde del tiempo, pero el exceso de equipaje —casi todo robado a los desaparecidos— hizo que cediera el trocito de tierra donde se arremolinaron. Inevitablemente cayeron al abismo. El terremoto universal provocó que aquel hombre, que cavó un hoyo en la tierra para escapar, se liberara del polvo de estrellas y terminara fundiéndose en el éter. La oscuridad previa a la nueva gran explosión era inminente. “Mamá, tengo miedo, dile a papi escribidor que todavía no es hora del nuevo universo, despierta, despiértalo, lleva demasiado sin escribir”, los jamaqueó sacándolos del letargo de la matria horas antes de estallar. “Mira alrededor, esto no volverá a retoñar. Es el final de los tiempos. Escribe, por favor, escribe. No habrá más libros, ni recuerdos, ni renacimientos”, suplicó la mamá a su escritor hasta que logró sacarlo del letargo. El escritor tomó tembloroso su libreta. Finalmente, volvió a amanecer, y la espuma del mar arropó la orilla liberando cientos de niñas que corrían por la playa jugando a un futuro por vivir.

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Ana María Fuster Lavín. San Juan, Puerto Rico. Escritora, editora, correctora, redactora de textos escolares y columnista de prensa cultural. Ha recibido diversos premios en los géneros de ensayo, cuento, microcuento y poesía. Carnaval de sangre 2 (Ed. EDP University, 2019) ganó Premio Nacional en el certamen literario de PEN de Puerto Rico Internacional.

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