El abuelo se jubila

Haydée Zayas Ramos

El abuelo está triste. No entiendo por qué si ahora tiene mucho más tiempo para jugar conmigo. Antes trabajaba demasiado, era barco carguero y siempre navegaba de un lado para otro. A su regreso me contaba los detalles del viaje. Se notaba en su voz el amor por la aventura, por el mar, por la naturaleza. Me hacía sentir como si hubiese estado con él en medio de sus hazañas. Cuando le veía entrar al delta, yo navegaba, navegaba, navegaba a su encuentro. Seguía río arriba a su lado. Yo lo miraba tan grande, tan fuerte, tan rojo, tan invencible. Me sentía muy orgulloso. Le gritaba a todos —¡este es mi abuelo, ha regresado de otro viaje por el mundo! 

El capitán de mi abuelo era un marinero tosco, de músculos sólidos, pecho tatuado y voz potente, pero bastante considerado. Por lo menos hasta el día que notó que el abuelo se había despintado un poco y que de popa a proa le habían salido pintitas de moho. ¡Se había oxidado!

—El tiempo no perdona —masculló el capitán.— Nos exigen que completemos las rutas en menos tiempo, y cada vez tú navegas más lento. 

En verdad, le causaba tristeza, pero negocios eran negocios. Cuando habló con el abuelo y le dijo que era hora de que se retirara, ya era capitán de otro carguero. 

Al ver cómo el abuelo entraba al delta, supe que algo había sucedido. Navegaba en silencio. Apenas unas burbujas medio desinfladas dejaban ver que se movía. Me le acerqué suavecito, no quería molestarlo. Me miró con inmensa tristeza. No me atreví a preguntarle qué le ocurría. Después de ese día, se la pasaba unas veces triste y otras de mal humor. Le molestaba que le hablaran, no tenía apetito y nunca estaba de acuerdo con nada que dijera la abuela. Refunfuñaba por todo, sin importar lo que fuera. Prefería irse a dar vueltas a la bahía, que conversar con ella o jugar conmigo. Parecía como si del último viaje hubiera regresado otro carguero que no era el abuelo dulce, hablador y alegre que yo conocía.

Finalmente la abuela me lo reveló: —Le han pedido que se jubile, el capitán piensa que como carguero ya no sirve, que más bien es un estorbo en los mares.

—¡No, está muy equivocado! Que sea viejito no significa que no puede hacer nada, ¡al contrario! —le aseguré a la abuela.

 —Lo sé—susurró ella.

Piensa barquito, piensa. ¿Qué sabe hacer el abuelo, además de ser un diestro navegador? Piensa barquito, piensa. ¡Contar historias! Tantas que sabe el abuelo, tanto mundo que ha visto. Es capaz de hablar de cualquier tema, sabe todas las rutas marítimas de memoria. Puede nombrar los océanos, los mares y los ríos por orden alfabético. Tiene amigos en cada puerto. Su conocimiento, experiencia y talento no puede desperdiciarse. Sin consultarle a nadie puse en marcha mi idea.

—Ánimo abuelo, ya no estés triste, pues te he conseguido otro empleo —le anuncié muy contento al regresar de la escuela. 

—¿¡Qué!? —exclamó sorprendido el abuelo.

Ahora es voluntario en mi academia de navegación. Trabaja como Asistente Especial y Recurso Experto. Colabora con las maestras y los maestros en el astillero.  ¡Nos ayuda a hacer las tareas! Bueno, en realidad nos transporta a otro mundo. Navegamos a su alrededor y escuchamos atentamente sus narraciones fantásticas. Con él aprendemos sobre mapas y las estrellas. Nos ha inculcado el deseo de respetar los mares y amar la aventura. 

—Para embarcarse por el mundo hay que estar bien preparado —enfatiza en cada charla.  Ahora se la pasa contento y animado. Tanto que, si alguno de nosotros se escapa hacia el delta, nos trae de vuelta al astillero a son de regaños y de golpes suaves en la proa. Más de uno ha regresado llorando y tosiendo. Todavía no tenemos edad para navegar en agua salada.  ¡Pero qué difícil es resistir el mar, qué difícil!

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Haydée Zayas-Ramos. Puerto Rico. Es escritora y promotora de lectura. Ha publicado para niños, jóvenes y adultos.

«Andaba turisteando por The Cloisters, el castillo medieval en el Alto Manhattan, cuando vi un carguero rojo. Subía a contracorriente por el río Hudson. Inmediatamente pensé «ahí hay un cuento» y tomé la foto. Algunos meses después fui a Buenos Aires y tuve la oportunidad de navegar una tarde por el delta del río La Plata. La foto (NY) inspiró el personaje, el delta (BA) proveyó el escenario.» 

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