El reencuentro

Rosario Méndez Panedas

¿Me reconocería? Cuando entró en la habitación y se sentó frente al escritorio, yo no tuve la menor duda de que era él. En un instante su hedor impregnó todo el ambiente de la oficina.  Hubiera reconocido en cualquier sitio ese olor a sudor ácido y añejo que me había acompañado por tanto tiempo. No me hizo falta ni siquiera mirarle a la cara para saber que estaba frente al capitán Hernández. Su ayudante me levantó con fuerza la cabeza para que mirara de frente a la cara del capitán. Cuando se unieron nuestras miradas, aprecié un leve movimiento de su labio inferior y supe que él también me había reconocido. El azul turbio e impenetrable de sus ojos reflejaba más odio, más arrogancia y codicia que la primera vez que nos encontramos, hace ya más de diez años, en el parque de los mendigos.

Después de un instante eterno, no pude sostener su mirada, y empecé a temblar. El capitán se levantó, se acercó a mí, me rozó la mejilla con su mano de hiena áspera y punzante. Eché mi rostro hacia atrás todavía temblando.

-No tengas miedo, aquí no matamos a nadie -dijo el capitán. Debes haber escuchado muchas historias de tus amigos, esos rojos de mierda, pero si colaboras con nosotros no te pasará nada.

El capitán se sentó de nuevo frente al escritorio.

-Desnúdate, me dijo.

-¿A qué esperas, no has oído al capitán? -gritó el soldado.

Me levanté de la silla con esfuerzo, el dolor de la cadera casi no me dejaba ponerme en pie. El soldado me dio un tirón del brazo y por fin logré levantarme. Comencé a desvestirme, hacía un frío gélido en aquella oficina y la única bombilla que pendía del techo apenas calentaba la estancia. Mi ropa hecha jirones y ensangrentada se amontonó en el suelo. Me quedé desnuda, encorvada, sin poder dejar de temblar. Vi el gesto de asco en la cara del soldado al reparar en mis quemaduras en el pecho, en los muslos y en el vientre. El capitán levantó la vista de los papeles que tenía sobre el escritorio y también me miró, me pareció que sonreía, le seguía gustando el soplete. Yo bajé la mirada, tiritando de frío y de miedo.

-Revísela, soldado -dijo el capitán. Él se acercó a mí y con fiereza me metió un dedo en el ano.

-No tiene nada, señor.

-¡Vístete, furcia! -me gritó el capitán.

Recogí mi ropa y me la puse con dificultad. El soldado me dio un empujón para que me sentara de nuevo.

-Ahora, dime quiénes son los que te acompañaban cuando te arrestó la Brigada Social. Los hijos de puta se escaparon, te dejaron tirada, salieron corriendo como gallinas asustadas.

Dame sus nombres y en una hora estarás durmiendo en tu cama -me dijo el capitán.

Quise decir algo, pero no me salían las palabras. Tenía la boca seca, un sabor a sangre me subió por la garganta y ahogué una arcada. Levanté la vista y al mirarme en sus ojos, supe que no saldría viva de allí. De repente, dejé de temblar, ya no tenía que seguir huyendo.

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Rosario Méndez Panedas. Licenciada en Filología Hispánica de la Universidad Complutense de Madrid y doctora en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Syracuse en el estado de Nueva York. Posee diversas publicaciones de artículos de crítica literaria en revistas académicas de Europa, Estados Unidos y Puerto Rico. Es cuentista y ensayista. Su cuento: Maestra Celestina recibió el premio de Mención Honorífica en la categoría de Literatura para Niños del Certamen Literario de PEN de Puerto Rico Internacional 2018. En el 2020 publicó un libro titulado Historias de mujeres puertorriqueñas negras. En la actualidad es catedrática en la Universidad Interamericana de Puerto Rico, recinto de San Germán, ciudad en la que reside junto a su familia.

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