Humanidad enajenada

Omar Duca
PEN ARGENTINA

Siempre lo veo, siempre. Bueno…, no siempre. Yo siempre exagero. Solo lo escucho, algunos domingos, muy temprano en la mañana. Oigo unos gritos que me recuerdan que él está, otra vez allí. Son palabras gritadas, sin sentido, al menos para mí porque cada ser da sentido a las cosas, y pienso otra vez, ¡¡¡va a gritar toda la mañana!!! Y se calla.

Pero hoy, la primera vez que lo oí, abrí la ventana y allí estaba tirado en el suelo, no acostado, tirado, como una cosa. No es que está en un colchón o tiene una manta. Está tirado sobre la vereda, así como algo que simplemente cayó, ni siquiera como un animal, y a su alrededor, tres o cuatro bolsas. Se queda quieto como dormido y de a ratos empieza su monólogo de gritos, y aunque yo no comprendo lo que dice, sé que algo dice.

No sé adónde va cuando desaparece porque seguramente no se esfuma en el tiempo y el espacio. Seguramente tiene algún lugar, una familia, algo que lo contenga, o no, pero por alguna razón aparece por acá cada tanto. Obviamente tendrá un nombre, una historia, una vida. Esas dudas me angustian y no tengo respuestas.

Hoy domingo otra vez está allí. Oigo sus gritos incoherentes y aún oigo sus silencios. Me despierta. Me inquieta. Me molesta. ¿Me molesta? ¿Que alguien, que un ser humano esté tirado en la calle en ese estado me molesta? ¿Me molesta o me angustia? O ¿tal vez sus gritos despierten al ser humano que tantas veces se duerme en mí, volviéndome frío e indiferente?

Me vuelvo a dormir. Es domingo y es temprano y la cama esta cálidamente tibia, confortable. Por razones obvias no salgo de casa casi nada. El COVID está cada vez peor. Así que mi afuera es mi pequeño balcón donde almuerzo y a veces ceno mirando la calle que, si le pongo onda, me entretiene. Hoy preparé mi almuerzo y me senté cuando el sol ya no pegaba tanto, y mientras tomaba un vino, lo vi y recordé que estaba. Lo vi allí tirado, cada tanto profiriendo sus gritos que no puedo entender y de a poco, con gran esfuerzo, se levantó. Es un hombre joven y gordo y tambaleándose como si sus huesos estuvieran rotos, balanceándose grotesca y trabajosamente se dirigió al supermercado que está a metros de su paradero y pensé, uy rápidamente lo sacarán de allí y casi al instante salió con su baile doloroso, dirigiéndose a sus bolsas que había abandonado sin aparentemente la menor preocupación, y ahí en ese preciso instante todo mi ser se sintió conmovido al ver que fue directo a una bolsa verde, sacó un barbijo que se veía blanco y limpio, se lo colocó y regresó al mercado con su pesada humanidad a cuestas. Poco tiempo pasó hasta que salió con una botella de gaseosa y otra vez se tiró literalmente al piso y cada tanto bebía y cada tanto gritaba y cada tanto dormía. ¿Qué pasa en esa mente y qué pasa en la mía que hace que un ser aparentemente perdido, enajenado y loco sepa exactamente dónde está su barbijo, o sea, lo que busca? ¿Qué lucidez lo alumbra? ¿Qué ata su mente delirante a la supuesta cordura? ¿Qué me pasa a mí y qué pasa en la gente que camina a su lado y no parece verlo? De pronto, un chico muy joven, un adolescente, se acerca y le conversa algo, y él parece contestarle y le tira la mano para chocar con él los nudillos. No sé lo que le dijo. No sé lo que le dio, pero ese ser humano encontrado con ese otro ser humano me emocionaron hasta las lágrimas. Aquella escena me conmovió profundamente, y esos dos desconocidos me hicieron recordar que aún existe la humanidad. El chico que había juntado sus nudillos en saludo amistoso con aquel ´´loco´´, siguió su camino junto a un amigo, y yo, desde el balcón, aunque no podían verme ni oírme, los aplaudí mientras pasaban y pensé, qué suerte que aun somos HUMANOS, aunque mi gesto de humanidad sea solamente escribirlo en mi relato.

Algún día, no sabemos cuándo ni cómo ni por qué, de pronto, una escena nos confronta con nosotros mismos. Agita nuestra humanidad. Nos balancea pesadamente hacia un lado y otro. Nos aterra. Nos sacude. Y por fin nos despierta. Y poco a poco, muy lentamente, nos acaricia el alma. Nos tranquiliza y nos hace saber que inexorablemente aún somos humanos.

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Omar Duca.  Nació en Argentina. Escenógrafo iluminador, vestuarista y director de arte teatral. Trabajó como coordinador técnico del teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires desde su creación. Escritor miembro de PEN.Incluido en la antología Letras desde el encierro, 2021, de PEN de Puerto Rico Internacional. Actualmente está preparando un libro de cuentos.          

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