Un cuento de Shabat

Inés Grimland
PEN ARGENTINA

Mi mamá nació en Varsovia. Como la mayoría de los judíos pobres de la ciudad, vivía en un enorme bloque de departamentos, construido alrededor de un patio. Los chicos jugaban en el patio a las escondidas, las carreras, a la mancha, y en el invierno hacían muñecos con la nieve y se tiraban pelotas también de nieve. Mi mamá me contaba, que lo que más disfrutaba ella eran las noches de los viernes, con las canciones y la alegría del Cabalat Shabat.

Por más pobres que fueran, siempre esa noche se vestía de fiesta: las mesas con manteles blancos, velas, la mejor comida que se pudiera hacer y la jalá, el pan trenzado que no faltaba en ningún hogar.

Cuando yo era chica, ella me contó una historia que le había contado su mamá, y que era su preferida. Yo se la conté a mis hijas y ahora se las cuento a ustedes.

 Era la historia de un hombre que una tarde de viernes caminaba muy triste por la calle, pensando en su mala suerte, su poca fortuna y la escasez de dinero que no le permitía ahorrar un solo centavo ni pagar tranquilo los gastos de su casa.

De pronto, frente a él, comenzó a levantarse una columna de humo y del humo se le apareció un enorme genio. Cruzado de brazos delante de él y mirándolo fijo le dijo: ¡Soy el Genio del Humo, estoy acá para concederte una fortuna, a cambio de alguno de tus sentidos! ¡Sólo tienes que decidir cuál! Tienes 3 minutos.

Apenas repuesto de su sorpresa, el hombre pensó cuál de sus sentidos entregar.

¡La vista! Pensó, para lo que hay que ver en esta vida. Y entonces recordó que era viernes, que iba a llegar a su casa y que en la cena de Shabat no iba a poder ver a sus hijos ni a su mujer. No, la vista no la entregaba.

El oído, se dijo. Entonces se dio cuenta de que no iba a escuchar la bendición de las velas, ni el saludo de su familia, ni las canciones, ni las voces de sus hijos…

No, no podía ceder sus oídos.

¡El olfato! Y en ese momento se dijo que no sentiría nunca más el olorcito del pan recién hecho, ni el olor de la comida ni el perfume de las flores…  ¡Tampoco este!

¡Te quedan dos minutos! dijo el Genio.

El hombre seguía pensando. El tacto, ese sentido sí que lo puedo ofrecer.

Pero ya no podría acariciar a los niños ni a su esposa, abrazarlos, ¿que sentido tendría la vida sin poder hacerlo?

El gusto. Ya está, el gusto, pensó. Y sintió en la boca el sabor de la jalá y no pudo hablar.

¡SE ACABÓ EL TIEMPO! Dijo el Genio, y desapareció.

El hombre siguió su camino, muy pensativo. Cuando llegó a su casa, se sentó a la mesa con su mujer y sus hijos. Ella bendijo las velas, se desearon Shabat Shalom, cantaron y comieron la rica cena. El hombre abrazó a su esposa, se acercó a cada uno de sus hijos y les dijo, “te quiero” y cuando se llevó a la boca un pedacito de jalá, pensó que no había dinero en el mundo que le pagara la felicidad que tenía con su familia, a la que disfrutaba con sus cinco sentidos.

Ese es el cuento que le contaron a mi mamá, que ella me contó a mí, que yo le conté a mi hija y que ahora comparto con ustedes. Espero que les guste tanto como nos gustó a todas nosotras.

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Inés Grimland. Centro Pen Argentina. Licenciada en Sociología, psicóloga social, escritora, guionista, actriz, narradora oral, gestora cultural. Publicaciones: “Conversaciones con gente de palabra”, Editorial Artes escénicas, “Juicio a los 50 y algunos más”, Editorial Prosa, “ Exilios cruzados”, Antología Editorial Pen Catalá, “Desde la butaca”, Breves obras para verse, Editorial Hebraica.

http://www.inesgrimland.com.ar

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