Hospital Iturraspe

El pasillo del hospital Iturraspe florece por la noche.

Miguel Ángel Gavilán
PEN ARGENTINA

Derrama en lenta perpetuidad de algodones

su vida alcanforada.

 Como el tumor que crece adormecido,

                                                            almibarado,

por los aceites de la quimioterapia.

Como tentáculos que se vuelven trampas,

                                                                   ateridos,

en las cuevas de la carne.

Como esas masificaciones que forman deltas,

                                                                          cortan corrientes,

                                                                          degluten islotes malignos

en un ensanche venoso.

La voz de los que esperan

muta en la garganta,

                                   agranda cavernas,

                                   dispara ronquidos.

Y la fiebre,

impetrada como defensa,

               (“es bueno tenerla

para no morirse pronto,

               tanto,

               de una perdigonada,

               de una recaída en el centro del buen ánimo”),

ovilla estampas de santos

mientras se piensa

que la fe es lo mejor que puede pasar.

Los bancos se reproducen

en la media sombra

de un silbido que llega de afuera.

Adquieren familia,

drenan sangre,

se convierten en un remanso de casual compañía.

Y las salas blancas ilustran

lo blanco de la nada.

Sin fin,

como si la muerte no existiera.

Aunque una vieja vestida de harapos

espere

que el tiempo se achique como un trébol,

un pasto pisoteado,

ese cascote

que se empuja con el borde de la suela

al fondo de un charco.

Aunque la niña de ojos de hollín

pretenda que terminó

la destrucción en la madera,

el horadar parejo de la carcoma,

la cuchara en el plato,

el hule de flores,

limpio,

después del almuerzo,

(la mesa, el domingo

armada para sufrir -de nuevo-

la alegría).

Aunque un hombre cabecee entre diarios y morfinas.

Repita “mañana” como un loco

y empuñe rosarios

en un siempre perpetuo.

Incluso,

aunque no se crea

que lo cotidiano

es el frío

                  (compacto)

de las chaquetillas,

y que lo habitual

es ese estropicio de silencio

solo interrumpido

por una gota de suero

en la piel agrisada.

Aunque resulte ineludible,

                                           -irreparable-

alguna vez,

alimentar esa ruta de sonámbulos

(culebreo rectilíneo

donde nadie duerme,

donde nadie es nadie. Y solo eso).

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Miguel Ángel Gavilán nació en Santa Fe el 5 de agosto de 1971.  Es Profesor en Letras egresado de la Facultad de Formación Docente en Ciencias dependiente de la Universidad Nacional del Litoral. Cursó la Maestría de Literatura Argentina en la Facultad de Humanidades y Artes dependiente de la Universidad Nacional de Rosario. Tiene publicados: “Testigos de la Ira” (1993-Poemas-Premio “Leoncio Gianello 1995). “Propiedad Privada” (2001-poemas). “Los párpados y el asombro (una lectura de ‘Poeta en Nueva York’)” (2001-Ensayo-Premio edición Municipalidad de Santa Fe). “Llueve en Arizona” (2010-cuentos-Mención única en el concurso Provincial “Alcides Greca”). “Escorzo” (2018, novela, Primer Premio Municipalidad de Santa Fe). Conduce desde el 2017 el programa de ASDE “Los fantasmas de la colmena” por FM 91.5 SOL.

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