Cábala

José Rabelo

Después de muchos años adentrado en la exploración de los misterios cabalísticos, el Sabio descubrió el verdadero nombre del Creador. Al pronunciarlo se destruyó el mundo conocido y se originó un orbe sin villanos, ni hambre ni riquezas, con civilizaciones sin Pandoras, selvas pobladas de bestias amorosas, ciudades sin ladrones ni asesinos, continentes desprovistos de volcanes ni posibilidades de movimientos telúricos, bordeados por océanos en donde nunca aparecería un tifón. Al cabo de un día ese nuevo mundo desapareció tras una implosión de tedio.

Lluvia

—¡Corre, se acerca la lluvia! —fue el aviso del hermano mayor quien corrió hacia el barrio a las 16:57 de la tarde.

            Los hermanos corrieron junto a otros chicos calle abajo.

            Un trueno anunció la inminencia del aguacero. Las aves volaron hacia unas cuevas en lo alto de un monte cercano. Por las montañas se notaba la negrura matizada por una columna gris, muy parecida a una cascada desde las nubes.

            El viento trajo gotas hasta el barrio en donde los habitantes cerraron puertas y ventanas. El hermano mayor y los otros muchachos se refugiaron en la primera casa de la vecindad.

            El menor quedó rezagado. Las gotas cayeron sobre él al llegar al puente sobre el arroyo. Al contacto con la ropa y con la piel unas nubecillas de vapor se formaron alrededor de su cuerpo. El niño gimió al correr. La cortina de lluvia lo agarró a pocos metros de la primera casa del barrio. Trató de acelerar la huida, pero el rostro y los brazos se le fisuraron. Las vestimentas desaparecieron, la piel se disolvió, los músculos se expusieron por unos instantes hasta mostrar los huesos y los órganos internos desgastados por el torrente del cielo.

            La última gota del niño desapareció entre unas rocas a las 17:03 de aquella tarde.

Levitantes

            El primer hombre flotante apareció el 20 de septiembre de 2063.  Vestía un gabán negro y levitaba al ras del suelo. Parecía muerto por su piel grisácea, extremidades flácidas y por la cabeza inclinada sobre el pecho. También aparentaba estar colgado de unos cables invisibles, pero en realidad flotaba sin la ayuda de artificios. Al principio, muchos se sorprendieron con el suceso. Minutos después, una multitud se arremolinó para grabar vídeos. Cuando una pareja se tomaba una foto con el flotante al fondo, se escucharon quejidos provenientes del hombre levitante. Tras varios segundos, el ser estalló. Fragmentos de huesos se incrustaron en muchos de los presentes. Los heridos se quejaron de ardor y otros de comezón; luego cayeron al suelo dormidos. Antes de la llegada de las ambulancias, la multitud se convirtió en una legión de mujeres, hombres y niños levitantes. Se esparcieron por toda la ciudad. Al cabo de unas horas gran parte de la población flotó a la deriva. Ya los han visto por selvas, desiertos, montes y océanos. Se acercan.

Jadeante

Anoche soñé que alguien soñaba conmigo. En aquella pesadilla vi al soñador huyendo de mi presencia. Escuché su respirar jadeante y sus pasos en ascenso por una escalinata acaracolada. ¡No me mates!, me suplicó en lo más alto de la torre. Me acerqué a él sin mala voluntad y el soñador se alejó. Sin desearlo, lo hice caer al vacío. Me despertó el timbrazo del teléfono. Una mujer habló: «El trabajo fue bien realizado, felicidades, asómese por su ventana a ver el muerto».

Vida

            La sentencia fue dictada a las 15 horas con 17 minutos del 20 de octubre de 2063:

            «Por el vil asesinato de cuatro seres humanos y dos animales en menos de dos semanas, será sentenciado a pena de vida eterna». El reo perdió las fuerzas en sus piernas para caer a llorar de rodillas tras la mesa de acusados. Los conserjes judiciales tardaron mucho en secar aquel charco de lágrimas.

            Los conserjes penales todavía las secan, en la celda 1493, porque el efecto secundario de la pena de vida es el llanto perpetuo.

Arenas

Al ver el mar por primera vez, el cuerpo de una mujer se tornó en un amasijo de arena parda. Un poco más tarde, cuando un tritón salió de los océanos y avistó la tierra se transformó en arena amarillenta. Desde entonces las olas han intentado separarlos.

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José Rabelo. Aibonito, Puerto Rico. 1963. Escritor, profesor de creación literaria, pediatra y dermatólogo. Ha publicado tres novelas con Isla Negra Editores: Cartas a Datovia, Los sueños ajenos y Azábara, las dos últimas fueron reconocidas por PEN de Puerto Rico Internacional. Le da voces a especies en peligro de extinción en sus libros Cuentos de la fauna puertorriqueña y Cielo, mar y tierra (Premio Nacional de Literatura Infantil PEN Puerto Rico Internacional 2003). Ambos libros fueron ilustrados por el autor. Ha ilustrado varios libros entre ellos: El cuadrado que quiso ser círculo, La tortuga Fulana, Mi día de Playa y Godiva. Los microcuentos publicados están incluidos en 2063 y otras distopías (Isla Negra Editores, 2018).

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